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"Recreación"
Arq. Juan Alvarez
“..Yo escribo Para mi, para mis amigos y para hacer el transcurrir del tiempo un poco menos pesado. Jorge Luis Borges.
No existen mas que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Lucio V. Mansilla
"Para escribir bien, no sirve leer, no sirve fumar, no sirve el alcohol, no sirve dormir, no sirve caminar, no sirve hacer el amor, no sirve sufrir. Lo único que sirve es escribir".Juan Carlos Onetti.
El Sr. Suárez tuvo un sueño revelador. Y premonitorio.
Soñó con el fin del mundo. Nó con el Apocalipsis, o terremotos, catástrofes naturales, guerras atómicas de destrucción, o algo semejante. Nó. Soñó que de un momento para otro, toda la humanidad desaparecía junto con los animales, las aguas, la tierra, la vegetación, el aire, todo.
Se despertó desconcertado. No era cabalero, así que no sabía que número jugar a la quiniela o algún otro juego de azar.
Se levantó. Hizo sus abluciones matinales, se vistió y puso la pava al fuego para tomar mate. Luego, cruzó la calle para ir a la panadería a comprar pan y bizcochos.
Lo último que vio antes de abandonar este mundo y por su hombro izquierdo, fue la mole del camión Fiat Ivecco turbo diesel doble cabina con cámara frigorífica que lo atropelló.
Cuando se despertó nuevamente, se encontró en un sitio blancuzco, lechoso, sin paredes ni techo, ni algo sólido en que pisar. Tampoco había luz. Era como si fuese el preludio del alba, donde todos los gatos son pardos.
Acomodó gradualmente sus retinas para tratar de ver mejor. Se tocó. Estaba vestido. No pudo precisar claramente que era lo que tenia puesto, pero le pareció que era su viejo pantalón de entrecasa, su camisa de algodón y el chaleco tan acogedor que vestía todas las mañanas cuando se levantaba.
Trató de pensar. No sentía miedo ni nada parecido. Tampoco la angustia lo tomaba. Tan solo un aturdimiento. No sabía que hacía allí, ni como había llegado. Tampoco sabía que era ese lugar tan perturbador. Si tan solo tuviera un poco de luz…!!
De repente todo se aclaró. Y se encontró inmerso dentro de lo que el hubiera descrito como una nube. Nada a su alrededor era consistente. Todo vapor.
Tenía sed. La boca pastosa y la garganta reseca. Pensó... ¿donde voy a encontrar agua acá?
Empezó a llover. Instintivamente hizo un cuenco con las manos y bebió. Era agua, rica, fresca. Siguió lloviendo. Empezó a sentir frío. Pensó que sería bueno tener un lugar donde refugiarse. Un techo siquiera. Para su sorpresa, un pedazo de nubes sobre su cabeza se solidificó y ya no llovía sobre el.
Se sentó. Había estado todo el tiempo de pié y no se había dado cuenta. No estaba cansado. Solo sorprendido, y pensativo. El suelo era algodonoso. Pensó en el suelo tibio de su sala de estar. Suelo de madera cálida, roble claro.
Y ahí sí que casi se desmaya. Hasta ese momento no se había dado cuenta. Pero cuando se encontró sentado sobre el suelo de roble, un vahído le vino.
Y fue un descubrimiento. Se dio cuenta que con el pensar las cosas, estas sucedían.
Y como tenia frío quiso un fuego.
Pero nada sucedió. Eso lo perturbó. Se puso nervioso. ¿Cómo era que naturalmente sucedían las cosas pensándolas sin darse cuenta, y ahora, que se había dado cuenta que tenía que pensarlas no sucedían?
Recapituló. La sed, la lluvia. Un techo, algo sólido sobre él. Un suelo, el piso de madera. ¡! Claro!!...La especificidad. Lo concreto. La clase de cosas.
Tenía que definir que clase de fuego quería. Deseó un fuego de leños. Pero… tenía que proteger el piso ¡!.. Entonces pensó en un hoyo de tierra, rodeado por piedras y en el medio una hermosa fogata ardiendo y ardiendo.
Y el fuego apareció. Caliente, brillante, chispeante. Hermoso. Se acercó al mismo. Se calentó las manos. Ahora tenía hambre. ¿Que quería comer? ¿Y como sería el mecanismo de los alimentos?
¿Pedir por ejemplo una milanesa con papas fritas a caballo y ésta aparecería? ¿O carne al horno con papas? ¿O una humeante sopa de verduras con fideos cabello de ángel?
Nada sucedió.
Si tan solo apareciera un trozo de pan caliente y crujiente… ¿O acaso tendría que pensar en el trigo? ¿En un campo de trigo? ¿Y en una piedra de moler? ¿Y en un horno?
Ahí cayó. Ahí se dio cuenta.
El mundo había desaparecido. Y tendría que construir otro. A partir de sus recuerdos y de sus conocimientos. Que eran pobres. Minúsculos.
¿Qué había sido el Sr. Suarez antes de su desaparición? Un librero. Vendía libros. Viejos y usados. Con un local a la calle y su vivienda detrás. Y un patio con frutales. Entonces tendría que recurrir a su memoria. Y al escaso conocimiento que tenia de las cosas para poder recrear todo de nuevo.
¡! Como desearía poder tener algo con que escribir! Si tan solo hubiera una hoja de papel, algo de tinta y aunque más no fuera una pluma de ganso ¡!.
Y alguna piedra en que sentarse, algo en que apoyarse… Lo que fuera.
Mientras pensaba en tales menesteres, apareció la piedra, y una rudimentaria mesa informe que oficiaba de mesa, y sobre ella en un hueco de la misma, algo oscuro semejante a tinta, también una imprecisa lámina de madera semejante a un papiro, y una delicada y extraña pluma de ganso.
Se estremeció. Tenía mucha hambre. Pensó que tenía ante sí una tarea ardua y difícil. Tenía que crear un mundo de la nada.
Tal tarea le pareció enorme y cuasi blasfema. Tenía que ponerse en el papel de Dios y el solo pensar en eso lo asustaba. Pero pensó que era la misión por la cual había venido al mundo y que eso justificaba su existir. Y decidió afrontarla.
Empezó a escribir.
“En el principio todo era tinieblas, hasta que yo dije...hágase la luz…
Tardó mucho tiempo y muchísimo esfuerzo. Separó el cielo de la tierra, creó el día y la noche, las estrellas y el sol. Creó las semillas y las hortalizas y los frutales. Los animales salvajes y los domésticos. Las aves canoras y las prodigiosas, y los peces saltarines y las lentas y majestuosas ballenas. De algunas cosas se acordaba y de otras habiase olvidado por completo. Y otras creó por capricho.
En su casa tenía frutales. Siempre deseó tener limones dorados. Y frutillas amarillas, y árboles decorativos de hojas blancas…También quiso un camino de ladrillos amarillos, y enormes girasoles dorados con pétalos azules…y gorriones multicolores.
Aprendió de los errores. A moler trigo y a cocer pan. Y a fabricar ladrillos, y a cocinar truchas y a utilizar las hierbas. Dormía lo suficiente como para tener más fuerzas al otro día para crear. Y se alimentaba sanamente.
Pasó el tiempo. Aprendió a malear los metales, fundirlos y hacer herramientas.
Había estado tan ocupado recreando al mundo nuevamente que no se había dado cuenta de que estaba solo. Pero temió crear a la mujer. Y decidió seguir solo.
Pasó el tiempo.
Un día, en que estaba muy ocupado escribiendo, escuchó un golpe en la puerta de su casa, que se repitió varias veces, casi como un llamado.
Intrigadísimo salió a ver que era, y se encontró con un cartero, sudoroso y de uniforme que le entregó una notificación.
El cartero le hizo firmar un recibo con un bolígrafo común y corriente y se fue sin contestar las desesperadas preguntas que le hacía el Sr. Suarez, asombradísimo de que hubiera alguien más con vida, y para colmo, montado en una bicicleta, rodado 26, que el ni había pensado en crear ¡!
La notificación, escrita a máquina y en blanco papel A4 (elementos que el Sr. Suarez tampoco había tenido tiempo de fabricar) le decía que al día siguiente se tenía que presentar a las ocho de la mañana en ayunas en el distrito verde para un examen de rutina.
Asombrado, perplejo y lleno de curiosidad, esa noche el Sr. Suárez casi no pudo dormir, pero, rayando el alba, el cansancio lo ganó y se derrumbó.
Se despertó sobresaltado.
Miró a su alrededor. Estaba en una habitación blanca, parecida a la de un hospital, acostado, vestido con un pijama. El sol penetraba con fuerza por la ventana entreabierta. Escuchaba los trinos de los pájaros y el ruido del bullicio de la calle.
Calculó que serian alrededor de las ocho de la mañana.
La puerta se abrió y entró una mucama con enseres de limpieza. Lo vió, pegó un chillido y salió corriendo.
Vino con una enfermera, que pegó otro chillido y salieron ambas corriendo.
Regresaron con un médico, que muy excitado, lo miraba con curiosidad y preguntaba…” desde cuando está despierto”, “lo vieron recién”, “contéstenme”.
El Sr. Suarez, asustado, los miraba. No sabia que hacia allí.
El médico lo auscultaba. El Sr. Suarez lo dejaba hacer. Empezó a hacerle preguntas.
“¿sabe que día es hoy?”, “¿sabe como se llama?”.
El miraba a todos muy sorprendido. No, no sabía que día era hoy, pero si sabia como se llamaba. Se los dijo. Todos se miraban entre sí.
Muy lentamente el médico lo miró y le explicó, no sin antes preguntarle como se sentía, si no estaba mareado y cosas por el estilo…” Ud. estuvo en coma”. “Durmió más de tres años”.”Lo trajeron después de un accidente de auto, o mejor dicho, de camión” “Ud. sobrevivió de milagro”” Y no podía despertar, hasta hoy”.
El Sr. Suarez los miraba, comprendiendo, y asintiendo gravemente. Después de tres días, le dieron el alta.
Cuando se retiraba por el camino de ladrillos amarillos, en el jardín del hospital, vio un limonero con limones dorados. Preguntó por los mismos, pues eran muy bonitos. Le dijeron que eran una especie nueva, que los habían descubierto hacia tres años en no sé que exótico sitio. El camino, siempre de ladrillos amarillos, estaba bordeado de enormes girasoles de corazón dorado y pétalos azules y en bellos árboles de blancas hojas trinaban gorriones multicolores.
FIN
Autor: Arq. Juan Alvarez (Aire Limpio)
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ALBERT CAMUS: - “Un escritor escribe, en gran parte, para ser leído (a los que digan lo contrario admirémosles, pero no les creamos). Sin embargo, cada vez más, escribe entre nosotros para obtener esta consagración última que consiste en no ser leído. A partir del momento, en efecto, en que puede dar materia para un artículo pintoresco en nuestra prensa de gran tirada, tiene todas las probabilidades de ser conocido por un número bastante grande de personas que no lo leerán jamás, porque les bastará con conocer su nombre y con conocer lo que se escriba sobre él. Será conocido desde entonces (y olvidado) no por lo que es, sino según la imagen que un periodista que tiene prisa haya dado de él.” (1950).
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