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Ni siquiera logro ubicar la fecha aproximada cuando comenzó la obsesión. Creo que como tantos niños la atención se fijó primero en los insectos, luego en las figuritas, mas tarde en las bolitas. Recuerdo a las mariposas que en esa época desfilaban asombrosamente por la ciudad dispuestas en un orden perfecto todas en un solo día de primavera. Nosotros, los pibes del barrio, con nuestras ramas de paraíso afiladas y silbantes dábamos buena cuenta del ingente número de lecheras y relojes, así les llamábamos según el diseño de sus alas. Luego, a la tardecita, laboriosamente sacábamos el misterioso polvito de las alas iridiscentes todavía móviles y vibrantes. Esta industriosa labor no tenía otro objetivo que lucrar con el farmacéutico que, según el Colorado y el Mendocino, lo usaba para hacer ”de esos cosméticos que se ponen las mujeres en la cara”. Lo de las bolitas no me llevo mas de dos días, había poca variedad, eso si, las de vidrio o japonesas y los bolones eran mucho mejores que las opacas, como de barro cocido, que se cachaban a la menor chanta que le dábamos. Comprendí la razón de mi existencia. La idea no me surgió de repente sino mas bien fue reptando y deslizándose como una de esas infecciones, de la que no te curas pero tampoco te terminan de enfermar. Sería el mayor coleccionista del mundo, y lo sería de TODO lo que es posible de ser catalogado y coleccionado. De muchacho fui a vivir solo a una antigua aunque honorable pensión del sur lejos de las avenidas y el tránsito. Siempre molestan los bocinazos pero a partir de ese momento cualquier distracción podía costar caro. Programé el horario de las comidas, la higiene y las compras. Por la subsistencia no me iba a preocupar, papá había dejado suficiente cuando en vida repartió la herencia. Las pretensiones no eran muchas.
Se estaba acercando con sórdido agobio la concentración máxima si no fuera porque el sueño me invadía y reclamaba cuando a lo mejor faltaban solo algunos cientos de especimenes. La debilidad y la atrofia osteo-muscular era lo de menos, no pensaba hacer otra cosa que no fuera coleccionar y cambiar sueros. La barba, el pelo y las uñas crecerían hasta donde la naturaleza lo dictara. Daría cuenta de los insectos el gamexane en polvo, que regué generosamente alrededor de la cama como el cerco romano a Numancia. Fueron décadas o siglos, o eones, tal vez estoy desde el principio del tiempo, como saberlo, ya no puedo hablar ni recuerdo como hacerlo, tampoco estoy muy seguro de estar vivo o muerto. Realmente a estas alturas no importa ni lo uno ni lo otro. Te digo que la colección nunca estaría completa sin ti ignoto lector, me armé de fuerzas y escribí estas líneas o quizás nunca lo hice. Pero ahora que me perteneces, que estás fijado con el alfiler de tu propia curiosidad, podré descansar, habré terminado. Mario Lo Ré |
Otros Cuentos Recreación Arq. Juan Alvarez "Anécdotas de Chejov" de un artículo de Guillermo Saccomano Radar 14/11/2005
Antón Pavlovich Chejov nació a orillas del Mar de Azor, en el sur de Rusia, en 1860. Y murió en una clínica en Badenwailler en 1904 Un obsesivo y empeñoso profesor de literatura veneciano Piero Brunello, se tomó el trabajo de revisar la voluminosa correspondencia de Antón Chejov y extraer de allí unos 99 consejos para escritores. Radar presenta una recopilación de estas pequeñas gemas del arte de narrar Una tarde un amigo encontró a Chejov corrigiendo un cuento en un banco de plaza. Chejov tachaba y tachaba. El amigo le reprochó el entusiasmo con que el escritor eliminaba adjetivos, frases, párrafos enteros. “Se enamoraron, se casaron y fueron infelices”, le dijo el amigo. Si seguía tachando, le dijo, no iba a quedar nada. “¿Acaso hay algo más?”, le preguntó Chejov. Otra anécdota que se cuenta sobre Chejov es la de esa joven señora que le enviaba sus cuentos atribulados de emociones. Chejov tardó en contestarle. Y cuando hastiado de la mojigatería, por fin lo hizo, le escribió: “Sus personajes lloran y usted con ellos. Quien debe llorar es el lector. Hágame caso: sea fría. Eso: sea fría”. Así era la manera Chejov de narrar. Que consistía además en capturar siempre “algo de la vida real, sin trama y sin final”.
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