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"El Coleccionista"

un cuento del Lic. Mario Lo Ré

 

Lonelisss

Ni siquiera logro ubicar la fecha aproximada cuando comenzó la obsesión. Creo que como tantos niños la atención se fijó primero en los insectos, luego en las figuritas, mas tarde en las bolitas.

Recuerdo a las mariposas que en esa época desfilaban asombrosamente por la ciudad dispuestas en un orden perfecto todas en un solo día de primavera. Nosotros, los pibes del barrio, con nuestras ramas de paraíso afiladas y silbantes dábamos buena cuenta del ingente número de lecheras y relojes, así les llamábamos según el diseño de sus alas. Luego, a la tardecita, laboriosamente sacábamos el misterioso polvito de las alas iridiscentes todavía móviles y vibrantes. Esta industriosa labor no tenía otro objetivo que lucrar con el farmacéutico que, según el Colorado y el Mendocino, lo usaba para hacer ”de esos cosméticos que se ponen las mujeres en la cara”.
Cuando nos avivamos del fraude, la sonrisita burlona del boticario Don Francisco lo dijo todo, ya era tarde, la inútil masacre había terminado y también el interés de todos excepto del mío. Proseguí con la fatigosa rutina de querer separar los colores en unos tarritos de azafrán escrupulosamente aseados y debidamente rotulados.

Lo de las bolitas no me llevo mas de dos días, había poca variedad, eso si, las de vidrio o japonesas y los bolones eran mucho mejores que las opacas, como de barro cocido, que se cachaban a la menor chanta que le dábamos.
Seguí con las figuritas de fútbol, luego con las estampitas de las que daban gratis cuando íbamos a misa, cajitas de cigarrillos, autitos, y todo lo que se pueda imaginar.
Pasaron los meses, los años, despreciaba cualquier otra cosa que no fuera coleccionar. La escuela era la única actividad aparte, mas para evitar el regaño de mis padres que por otra razón. Claro que la colección de pinturitas y sacapuntas fue legendariamente famosa. Con mis amigos me llevaba bien aunque creo que me veían como un bicho medio raro, tolerando mis ausencias y mis silencios como quien tolera una insípida sopa de verduritas y rabo.

Comprendí la razón de mi existencia. La idea no me surgió de repente sino mas bien fue reptando y deslizándose como una de esas infecciones, de la que no te curas pero tampoco te terminan de enfermar.

Sería el mayor coleccionista del mundo, y lo sería de TODO lo que es posible de ser catalogado y coleccionado.
Evalué mis opciones de espacio y tiempo. Al cabo me di cuenta de la infinita tarea, de la inconmensurable e imposible tarea.
Inferí que la solución era hacerlo con la mente, la capacidad de memoria del cerebro era conocida por mi en esa época. Así que me alegre; tenía un plan y un destino.

De muchacho fui a vivir solo a una antigua aunque honorable pensión del sur lejos de las avenidas y el tránsito. Siempre molestan los bocinazos pero a partir de ese momento cualquier distracción podía costar caro. Programé el horario de las comidas, la higiene y las compras. Por la subsistencia no me iba a preocupar, papá había dejado suficiente cuando en vida repartió la herencia. Las pretensiones no eran muchas.
La cama sería el lugar perfecto, así que la acondicioné según la comodidad existente, lejos de la ventana, la cual oscurecí fatalmente con una frazada de esas que tienen cuadrados y raso en los bordes sobre una verde celosía de morondanga. La batalla con la luz, el sonido y todo estímulo exterior estaba asegurada .
Otro asunto que me tenía preocupado era el registro de la actividad compilativa. La conclusión fue la misma de Cantor: “En los números transfinitos: La parte puede ser de la misma extensión que el todo”.
El catálogo de todos lo catálogos ¿Está o no contenido en si mismo? Las paradojas no me distrajeron demasiado así que decidí llevar el registro mentalmente también, para no verme involucrado en movimientos manuales que llevara a atrasos innecesarios.
Como primera estrategia la división en reinos mineral, animal y vegetal pareció inspirada.
Recurrir a la taxonomía de Linneo no lo fue menos. Al principio iba lento pero luego perfeccioné el método y era capaz de terminar en un día varias colecciones.
Me preocupó seriamente la imposibilidad de recolectar los objetos ignorados y los todavía no inventados.
No es soberbia afirmar que para lo primero, los años de rigurosa actividad permiten asegurar erudición y competencia absoluta, por otra parte no soy el primero en aseverar que “Lo que no conozco, no existe “. Para lo segundo confiaba en la imaginación y la intuición.
Iba bien, iba muy bien. Pero levantarme de la cama para ir de compras o pagar las expensas me enfurecía tanto que decidí interrumpir el trabajo y fui a ver al casero, quien con cara de extrañeza me recibió. Arreglamos un poder por el cual podía retirar cierta suma del banco todos lo meses para luego pagar los alimentos y quedarse con el resto como erogación por el alquiler y los servicios prestados.
Comer y demás necesidades también entorpecían, así que tome las drásticas medidas necesarias para colocarme sueros de dextrosa y solución fisiológica mezclados y una sonda uretral que descargaba en la rejilla del baño. Fue bastante molesto al principio pero luego lo olvidé.

 

Se estaba acercando con sórdido agobio la concentración máxima si no fuera porque el sueño me invadía y reclamaba cuando a lo mejor faltaban solo algunos cientos de especimenes.
Las anfetaminas endovenosas que me consiguió un rufián de la zona ayudaron mucho, aunque después no las demandé, ni las necesité. La percepción de conciencia permanentemente sin rastros de locura, era “per. se” un logro al que ningún ser humano ni siquiera se había acercado alguna vez. Supe de un budista hindú que lo intentó en el siglo XII sucumbiendo al fin y al cabo a la deshidratación a las alucinaciones y la demencia.

La debilidad y la atrofia osteo-muscular era lo de menos, no pensaba hacer otra cosa que no fuera coleccionar y cambiar sueros. La barba, el pelo y las uñas crecerían hasta donde la naturaleza lo dictara. Daría cuenta de los insectos el gamexane en polvo, que regué generosamente alrededor de la cama como el cerco romano a Numancia.
No se cuanto tiempo pasó, si recuerdo el maullido de una sirena y la palabra septicemia porque ya la había coleccionado en el rubro patologías de la sangre. No sentía malestar alguno, ni me incomodé cuando aconteció el traslado al hospital, creo que era un hospital. No ambicioné abrir los ojos. Sentí un gran alivio en dejar en manos mas sabias lo que inevitablemente debiera sostener la atareada existencia.
De vez en cuando volvieron a irrumpir algunas voces susurrando términos como autismo, extraño coma, catatonia, algo acerca de las pupilas, en fin, un montón de vagas especulaciones y tesis. Pavadas en que se dispersan los haraganes sin darse cuenta que con tanto barullo molestan a los que tenemos que trabajar.

Fueron décadas o siglos, o eones, tal vez estoy desde el principio del tiempo, como saberlo, ya no puedo hablar ni recuerdo como hacerlo, tampoco estoy muy seguro de estar vivo o muerto. Realmente a estas alturas no importa ni lo uno ni lo otro.
Recorrí los vastos senderos de las cosas. La diversidad, los matices, las diferencias, las texturas, las regularidades, los colores, las formas, los brillos, las opacidades, los tamaños, las intensidades.

Te digo que la colección nunca estaría completa sin ti ignoto lector, me armé de fuerzas y escribí estas líneas o quizás nunca lo hice. Pero ahora que me perteneces, que estás fijado con el alfiler de tu propia curiosidad, podré descansar, habré terminado.

Mario Lo Ré


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"Anécdotas de Chejov" de un artículo de Guillermo Saccomano Radar 14/11/2005

Chejov

Antón Pavlovich Chejov nació a orillas del Mar de Azor, en el sur de Rusia, en 1860. Y murió en una clínica en Badenwailler en 1904

Un obsesivo y empeñoso profesor de literatura veneciano Piero Brunello, se tomó el trabajo de revisar la voluminosa correspondencia de Antón Chejov y extraer de allí unos 99 consejos para escritores. Radar presenta una recopilación de estas pequeñas gemas del arte de narrar

Una tarde un amigo encontró a Chejov corrigiendo un cuento en un banco de plaza. Chejov tachaba y tachaba. El amigo le reprochó el entusiasmo con que el escritor eliminaba adjetivos, frases, párrafos enteros. “Se enamoraron, se casaron y fueron infelices”, le dijo el amigo. Si seguía tachando, le dijo, no iba a quedar nada. “¿Acaso hay algo más?”, le preguntó Chejov.

Otra anécdota que se cuenta sobre Chejov es la de esa joven señora que le enviaba sus cuentos atribulados de emociones. Chejov tardó en contestarle. Y cuando hastiado de la mojigatería, por fin lo hizo, le escribió: “Sus personajes lloran y usted con ellos. Quien debe llorar es el lector. Hágame caso: sea fría. Eso: sea fría”. Así era la manera Chejov de narrar. Que consistía además en capturar siempre “algo de la vida real, sin trama y sin final”.

 

 

 

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