Titulares | Columnistas | Audio | Cuentos | El Sitio | Historia | Regístrese | Contacto| Principal

"Encuentros mágicos"

Un cuento de su último libro "El último Verano" editado por Homo Sapiens Por Daniel Briguet

A Héctor Zinni y Rafael Ielpi

Una mujer parada en la puerta del laboratorio de análisis. Un hombre sentado en una mesita del bar de enfrente, debajo del alero de lona porque empieza a gotear. Lidiando con un yogurt dietético y una cucharita. Sé que no luzco como Richard Gere en “Mujer bonita” pero ella tampoco luce como Julia Roberts. Es baja de estatura, bien proporcionada, lleva unos jeans ajustados, casi sin desteñir, y una camisa blanca de tela fina. La veo parada ahí, en la ochava de enfrente, y me asalta una idea loca. “Debo sacar algo de esta mujer – pienso. - Aunque sea una sonrisa, unas monedas, un chupón descomunal, no importa qué”. Puede ser la lluvia que comienza. O ella que mira de un modo frontal e intermitente. Me mira y la miro o viceversa. Sé que las condiciones no son las más propicias para un abordaje. Y ella puede mirar por diez razones distintas, incluyendo el detalle pintoresco de un tipo que toma yogurt en la mesa de un bar. Ni siquiera puedo apreciar con precisión la expresión de su rostro porque los goterones que caen no me dejan ver bien. Para tener alguna chance, necesito un condimento, un disparador de la acción.
Flota, sí, la tentación del encuentro mágico. Siempre me atrajeron los encuentros mágicos. Yo los llamo así, podrían tener otro nombre. Un semblanteo, un cruce de miradas, un acuerdo que apenas necesita formularse y la rápida ruta al más allá. O sea: más allá de los protocolos, los cálculos y las maniobras, las llamadas telefónicas, las citas de Foucault (si ella es ilustrada), la ficha técnica, las citas de Cohelo o de Bucay (si no es tan ilustrada), la paciente espera y, sobre todo, la espera sin paciencia alguna. En esta época donde todo parece estar agendado, encuentros así no son frecuentes. Lo cual no impide preservar la ilusión de tenerlos.
El hecho es que unos minutos después, la mujer del laboratorio abre su cartera, parece buscar algo, la cierra y se larga a cruzar la calle bajo el aguacero. Entonces me doy cuenta de que no esperaba un taxi ni a un acompañante porque, sobre la mano derecha de Brown, al lado del boliche, aguarda un Renault Clio gris metalizado. Abre la puerta del coche y supongo que ya no la veré pero pasan varios minutos y no noto señales de arranque. El tronco de un plátano me tapa de modo que no puedo ver qué hace, si es que está haciendo algo. Tampoco escucho el ruido del motor en marcha. ¿Y si en realidad estuviera esperando que yo me acercara?
En cualquier caso, no es un asunto sujeto a reflexión. Es la decisión súbita la que define una jugada. Me levanto, corro hasta el coche y acercándome a la portezuela izquierda, golpeo el vidrio. Ella me mira sorprendida y lo baja a medias. Le pregunto, sonriente pero no mucho, si no quiere que le limpie el parabrisas. “- No, gracias” – me dice ella y es natural.
- Por lo común los parabrisas se limpian cuando no llueve – agrega, sin asomo de mordacidad. -¿Vos te dedicás a esto?
- No – respondo - solo quería limpiarle los vidrios a usted. Y casi de inmediato me preguntó por qué la traté de usted, si debe tener diez años menos que yo. ¿El status de una mina motorizada?
Ella me mira fijamente unos segundos, como si tratara de adivinar algo, y después me dice:
- Te vas a empapar ahí... Podés subir unos minutos porque todavía tengo que hacer tiempo.
¿Hacer tiempo? Subo como si acabara de batir el récord de salto en largo y me acomodo en la butaca derecha. Casi enseguida puedo comprobar que la conductora tiene buenos pechos, notables debajo de la blanca tela fina, y que su rostro es agradable.
- Te agradezco la confianza – digo, cambiando el usted por el tuteo. – Podría haber sido un ladrón.
- No tenés pinta de ladrón. Eso se nota. Además, no creo que los ladrones tomen yogurt.
- Es por prescripción médica – aclaro. - ¿Y de qué tengo pinta?
- No sé, tal vez de un viejo hippie convertido al naturismo. O de alguien que pinta o escribe. ¿No escribís, vos?
Puede ser una percepción certera pero también una botella al mar.
- Algo – digo, restándole peso. – Me llamo Daniel y vivo a dos cuadras de acá. ¿Y vos como te llamás?
- Azucena, un nombre antiguo y florido. Pero mis amigos me llaman Flor.
- Son analógicos tus amigos. ¿Y qué hacés, Flor? ¿Trabajás?
- Soy bioquímica. Por si no lo notaste, acabo de salir de un laboratorio... Soy casada, madre de dos hijos y, obviamente, tengo un marido.
- Y tal vez una pequeña quinta en Funes – agrego – y los veranos, vacaciones en Brasil o La Paloma.
- No, Brasil puede ser pero la quinta la tenemos en Pueblo Esther. Es más tranquilo.
- Y decíme, Flor – digo, acomodándome en el asiento - ¿resguardás con frecuencia a peatones empapados por la lluvia?
- Esa fue una torpeza – dice, condescendiente – pero la voy a dejar pasar porque me gusta la gente que escribe.
- Okey, pido disculpas y como reparación, te invito a tomar un café.
- No tengo mucho tiempo – dice antes de girar la cabeza y mirar fijamente. – Apenas si me alcanza para un polvo, si es que estás en condiciones de ofrecerme un buen polvo.
Sorpresa no es la palabra. Más bien desarmado. No por lo inusual de sus palabras sino por la naturalidad con que las pronunció. Solo un ligero énfasis la primera vez que dijo “polvo”. Luego, nada. Ni un mohín, ni un guiño ni un dejo de malicia. Un detalle me salva de la perplejidad. Veo que los dos botones de arriba de su camisa están desabrochados y, si no recuerdo mal, al principio tenía uno solo.
- Bueno, te dije que vivo cerca – digo, recomponiéndome. –Podemos ir a casa.
- No, preferiría un hotel
He aquí una mujer que sabe lo que quiere. Siento que debo emparejar las acciones porque, hasta ahora, pierdo por varios cuerpos. Digamos: por uno.
- Por Richieri está el Ideal. Tiene habitaciones cómodas y espejos para ver cómo cogés y, eventualmente, corregir algún error.
Por primera vez en varios minutos sonríe de un modo espontáneo.
- Espero que vos no lo cometas – dice, pasándose una mano por la base del cuello.
- No te preocupes. Yo soy incapaz de equivocarme haciéndole el amor a una ballena en el mar antártico.
¿Estoy emparejando? Parece notarlo porque pone el motor en marcha y arranca raudamente. Damos vuelta la manzana y tomamos por Pueyrredón. El Renault se desliza velozmente por el asfalto, como si fuese una pista de hielo. Es raro: nunca fui a coger de un modo tan despojado. Ella se limita a conducir con presteza y mirar por la franja de vidrio que barre el limpiaparabrisas. El roce de los neumáticos arranca de la calle un chasquido persistente.
- El Ideal – digo, como para decir algo – está en el mismo edificio en que funcionaba el Madame Safo, un legendario burdel de Pichincha.
- Conozco la historia, Dani, no soy del campo.
- Yo sí, fijáte vos.
Noto un impulso de preguntar pero se contiene.
Llegamos al frente del hotel y entra por el portón de la cochera. Una morocha de aspecto sensual sale a recibirnos. Pregunta cuánto nos vamos a quedar y dice una cifra. Flor saca dos billetes de diez pesos y se los entrega. La morocha nos da la llave de una habitación y nos acompaña hasta la puerta. Las primeras veces que vine al Ideal no podía evitar una sensación de recogimiento al atravesar el patio interior que separa las piezas. Como si entrara a lo que fue un templo pagano o algo parecido. Columnas y balaustradas de una época en que las putas más bellas de la ciudad desfilaban ante un selecto grupo de clientes. Ahora estoy más acostumbrado.
- Esta parte se conserva prácticamente igual que en los tiempos del burdel –digo -. Adelante está la suite imperial pero no sé si todavía está habilitada.
- No te enojes, Dani, pero no me atraen las visitas guiadas.
¿Esta mina será siempre así, o solo está jugando un poco conmigo? La habitación tiene un gran espejo en el techo y está prolijamente arreglada. La cama es ancha con un cubrecamas rojo. La media luz de los veladores y la música que sale de los parlantes completan el cuadro. Seguramente estuve aquí antes. Da lo mismo. Flor se acerca, me apoya contra la pared contigua a la puerta y dice:
- Besáme.
Cumplo el mandato tratando de ponerme a su altura. La beso con fruición pero sin brusquedad. Sus labios son tibios y se entregan sin reparos. Sus manos desabrochan mi camisa, recorren el vello de mi pecho. Sin decirme nada, su boca busca mis tetillas y las mordisquea. Es algo que me complace. Cuando siento el contacto de su lengua, emito un breve gemido.
- ¿Te gusta? – me pregunta -. Esa es tu parte putita. Todos tienen una parte putita.
- Esa es mi parte pectoral, boluda. Ocupáte de lo tuyo
Su mano derecha desabrocha mi vaquero y baja el cierre. Si busca algo no tendrá dificultades, porque estoy al palo. Ella se aferra al palo y comienza a acariciarme. En ese momento me mira a los ojos y entre sus miradas y las caricias que me está perpetrando no parece haber conexión. Juraría que su cara tiene un toque perverso. Pero es solo un flash.
- Tenés una linda pija – dice, sin dejar de mover su mano. – Lisa, sin rugosidades. ¿Sos moishe?
- No, Flor, no soy moishe – respondo sin ganas -. Mis antepasados, como los de Rimbaud, eran galos. Pasa que tenía una fimosis y me tuve que operar. ¿Sabés lo que es una fimosis?
- Sí, baby, en Bioquímica estudiamos anatomía. ¿Te dolió? – me pregunta como preocupada, casi al borde de lo dulce.
- Solo cuando me inyectaron anestesia en la punta de la verga.
- ¡Ay, pobrecito! Esto merece una reparación – dice y de inmediato baja su cabeza hasta la entrepierna y comienza a lamerme. Luego y sin apartarse de su tarea principal, me termina de bajar los jeans y el slip, me desviste sin reparos, entra en un frenesí que me deja en bolas. Yo miro la cama y camino hacia ella, como si fuera un niño en busca de amparo.
Cuando logro hacer pie – quiero decir, culo contra almohada – veo que Flor se quita la ropa con lentitud. ¿Rebaje y cambio de marcha? Primero la camisa, después el sostén negro. Sus pechos son compactos sin ser espectaculares y lucen una blancura que contrasta con el resto de su piel bronceada en Pueblo Esther. Al menos no usa pantalla solar. Después se sienta sobre el borde del colchón y se quita las sandalias. Es un acto delicado que apenas puedo apreciar. Flor es petisa – termino de notarlo cuando se desprende de los jeans – pero no es algo que me preocupe. Small is beautifull. Cuando solo se queda con la bombacha puesta, se desliza sobre mí y me va besando todo el cuerpo.
- Te voy a coger, Dani – susurra -. Si no te molesta.
No tendría por qué. La veo quitarse la bombacha con premura y siento que tal vez me dijo la verdad. La veo apoyar sus rodillas sobre las sábanas y montarme como si yo fuera un potro domado. Mi ariete golpea contra el fondo de su vagina húmeda pero no estoy del todo caliente. Ella cabalga como si estuviera galopando. El fuego cabalga contigo, Flor. Comienza a gemir mientras algunas gotas de sudor mojan su frente. Quiero tomarla del pelo, corto y lacio, pero no alcanzo. Demasiado erguida, sumida en su performance. Creo que a este paso no voy a llegar. Necesitaría algo más pausado. Finalmente su cuerpo se agita en un solo temblor, que anuncia el final de la contienda. Flor se desploma sobre mí y acurruca su cabeza en mi cuello. Siento su respiración rápida, la piel mojada que se pega a la mía, un olor suave que le brota del pelo.
En el espejo los cuerpos aparecen laxos, privados de movimiento. El único detalle notorio es el triángulo blanco que marca las nalgas de Flor.
- ¿Te gustó? – pregunta, después de unos minutos, acostada a mi lado.
- No estuvo mal.
Mi respuesta no parece gustarle. Se sintió una amazona en acción y lo menos que esperaba era un macho abatido.
- ¿Hubieras preferido algo más participativo?
- Hubiera preferido eyacular – replico. – Es lo que se estila. Pero no te preocupes. Soy de acabar lento.
La miro y veo que sus mejillas, recuperadas del reciente sofocón, vuelven a enrojecer.
- Antes, respondiendo a una torpeza mía, me aclaraste que lo de hoy fue algo excepcional. ¿Nunca te levantaste otro tipo?
- Nunca estuve con otro tipo.
- Perdón, ¿vos me querés decir que ésta es la primera vez que sos infiel?
- La primera.
- ¿Y a qué se debe esa fidelidad?
- A que lo quiero. Eso no significa que no pueda ratonearme con un flaco que está mirando llover en la mesa de un bar.
Ahora está sentada frente a mí. Sus brazos rodean sus piernas cruzadas. Noto un aro plateado en un dedo de su pie izquierdo. Esposa fiel pero a la page.
- ¿Cómo hacés para ponértelo? – le pregunto, con un movimiento de cabeza.
- Del mismo modo que si fuera en un dedo de la mano – contesta, natural. Después extiende la pierna y pone su pequeño pie a mi alcance. Lo tomo con una mano y beso sus dedos cortos. Es una sensación difícil de definir aunque presumo que prevalece la excitación del acto mismo. Ahora es ella la que se deja hacer, recostada sobre las sábanas de hilo azul, sin dejar de mirarme. Mi boca sube por sus pantorrillas, recorre los folículos de su vello depilado, se detiene un momento en la lisura de sus rodillas y al llegar al interior de sus muslos, tersos y apenas tostados, mi nariz se hunde en sus pendejos oscuros.
Entonces tropiezo con su mano.
- No, Daniel, por favor.
La miro sin entender.
- Quiero que lo dejemos acá. De verdad.
Emancipación y autocontrol. Esto me gusta menos. En medio de una extrañeza que ya no es tal, prendo un cigarrillo y aspiro largas bocanadas. Ella se levanta, recoge las bragas del piso y entra al baño. Su cuerpo desnudo, que antes me resultó estimulante, ahora presenta un aspecto casi banal. Escucho el ruido del agua del bidet y me digo que es la señal que faltaba.
La música que sale de los parlantes debe ser una selección de Fausto Papetti u otra orquesta melódica y sensual. Casi todo es atemporal dentro del hotel. Más que cansancio siento una ligera modorra, como si estuviera adormilado. Miro mi cuerpo en el espejo y es lo último que veo. Eso y el saxo de Papetti, que suena con suave persistencia y no da para bailar. Bailar desnudos en la habitación. ¿eh, Flor?. Es demasiado tarde, Dani. ¿Remember? Is too late, Johnny...
Abro los ojos y vuelo a ver mi cuerpo en el espejo, solo que en diagonal sobre la cama. La música es distinta, viene de afuera y no alcanzo a saber de qué se trata. Violines, acordeones, algo parecido a un vals. Y murmullos. Murmullos de gente que habla o cuchichea, risas, de vez en cuando alguna exclamación. La curiosidad es más fuerte que la modorra y me levanto. Abro la puerta con cuidado.
En el patio de baldosas romboidales, blancas y negras, desfilan mujeres envueltas en tules o vestidos muy cortos, como los usados para bailar el charleston. Algunas llevan zapatos de taco o chinelas de raso. Otras van descalzas. El roce de las chinelas sobre las baldosas brillantes produce un sonido familiar, un chasquido o rumor casero que contrasta con la extravagancia del ambiente. De vez en cuando alguna de las chicas descubre sus pechos a la contemplación de los clientes, un gesto casi superfluo dada la transparencia de los tules que las envuelven. Los clientes están sentados en banquetas alrededor de la ronda que hacen las mujeres. Son señores de traje antiguo y distinguido, con camisas de cuello duro y corbatas de seda o corbatines. La nota disonante la da una barra de cuatro o cinco muchachotes, ubicados casi al fondo. Beben champagne, sueltan risotadas y de pasada, le dicen groserías a alguna chica. Pero sin molestar demasiado.
Estoy desnudo y camino agazapado, entre la ronda y la hilera de clientes. Trato de evitar que noten mi presencia pero nadie parece reparar en mí. La ronda es lenta e incesante. Las chicas miran, como esperando una señal, pero casi ninguna mira a los ojos. Un par de ellas están sentadas en el regazo de dos hombres, una pareja sale hacia una de las habitaciones interiores. Pero lo que más importa es el espectáculo de las mujeres dando vueltas. Y lo que seduce es el gesto que mueve sus cabezas cuando, al concluir el breve semblanteo, siguen hacia delante como si no acabaran de irse. Cautivado por la cadencia del movimiento, tropiezo con un rostro que me es familiar. Es Dora. Una amiga del barrio, que vive cerca de casa.
Casi todas las chicas son jóvenes y bellas, algunas adolescentes, pero Dora, que conserva huellas de su belleza juvenil, debe tener más de cuarenta. Me mira y sigue de largo sin advertir nada particular. Tal vez ni siquiera me vio. Observo las caras con más detenimiento y veo que está lleno de chicas conocidas. Madame Dubarry, más esbelta que en la vereda cuando barre, y Mimí Pinzón, una máscara triste que aquí reluce en un aura melancólica. Lleva una túnica corta, hasta el comienzo de los muslos, y camina descalza, lo mismo que la chica que le sigue... ¡Es Pamela! La piba más linda del barrio. Arrogante, como es su costumbre, pero con un destello de malicia en sus ojos pardos. Vuelvo a mirar sus pies y veo que en el empeine del izquierdo lleva incrustada una diadema.
Las risotadas de los muchachos van en aumento. “Somos canallas, somos los pillines – canta uno – y a los leprosos les rompimos los botines”. Los demás se suman. Es cuando alguien mueve la pianola de lugar y decide cambiar la música. Lo que empieza a escucharse es una ópera, no podría decir cuál, y el clima interior toma otro color. Las chicas lucen crispadas, como si desearan que alguien las llamase o quisieran evitar una reprimenda. Un perfume denso e indefinible flota sobre el patio. Fragancias finas mezcladas con olor a permanganato y a desinfectante. Antídotos contra las venéreas, seguramente, higiene y profilaxis. Pero la fragancia del perfume es lo más penetrante y tardo unos pasos en descubrir que proviene de la fuente situada en el centro del patio.
En eso veo que Pamela da otra vuelta y se acerca. Solo quiero que me mire a los ojos un instante. Me paro en toda mi desnuda humanidad y espero, anhelante. Ella se detiene un segundo sin cambiar su expresión. Un impulso me lleva a arrodillarme, tomar con delicadeza su pie izquierdo y acercar mis labios a la diadema. Ella se limita a flexionar la pierna y con el mismo envión, aplicarme un preciso puntapié en el mentón. Quedo tendido en el suelo y siento sangre en la boca.
Unos golpes en la ventanilla de la pieza me despiertan. - ¡Señor, es la hora! – dice la voz de la encargada. En el espejo veo que tengo una pequeña mancha de sangre sobre el labio inferior. Seguro que me mordí al soñar. Me paso un poco de saliva y me levanto a abrir la ventanilla. Aparece la cara de la morocha sensual, cuya sensualidad ha quedado relegada.
- La señorita dejó dicho que lo despertara cuando terminara el turno. Y me dijo que dejó un mensaje para usted. – agrega.
- Gracias, ya salgo – digo, mirando la penumbra del patio vacío.
- No hay apuro – dice la morocha, amable.
Sobre la mesita de mi lado, si puedo decirlo así, hay un papel escrito. En vez de leerlo, abro la ducha y el agua tibia, casi fría, me despabila. ¡Qué cosa los sueños! Nunca pensé que podía contemplar a Pamela como la ví. Y las demás chicas. Si le cuento a Dora, me mata. Me miro en el espejo del botiquín y compruebo que la herida en el labio es pequeña y superficial. El agua me refresca pero siento el cuerpo caliente. ¿Estará lloviendo todavía?
El papel sigue ahí cuando salgo del baño. Mientras me visto, pienso que podría leerlo. Un garrón no debe ser. Supongo que mi renuencia tiene que ver con la distancia que terminó instalada entre Flor y yo.
“Daniel: Sos un lindo tipo. La pasé muy bien. Y quiero decirte que te conocía de antes. Te escucho por la radio y creo que leí un libro tuyo. Pero no quise decírtelo”.
Genial. Me escucha por la radio y “cree” haber leído un libro mío. La Flor del suburbio parquizado no se encamó con un tipo. Se encamó con el fantasma de un escritor o periodista de cierta notoriedad. Quedáte tranquila, Flor, seguís siendo fiel. Los fantasmas no tienen entidad jurídica. Y yo sigo siendo un boludo. No hay damas discretas y tampoco hay, no puede haber encuentros mágicos en esta ciudad infame.
Salgo a la calle y parece que ha llovido. En la estación no retumba el Estrella del Norte. Solo se escucha el griterío de unos pibes que juegan a la pelota de vereda a vereda. Siento la boca pastosa y me duele un poco el mentón. Un whisky con hielo, ahora que está oscureciendo, me vendría bien.


Daniel Briguet

Titulares | Columnistas | Audio | Cuentos | El Sitio | Historia | Regístrese | Contacto

 

El Ruido de las Nueces

© 2005 El Ruido de las Nueces - 2000 Rosario - Provincia de Santa Fe - República Argentina- Todos los derechos Reservados ®