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HASTA LLEGAR AL 24 DE MARZO DE 1976Pasados 30 años, se evoca quizás como nunca antes -y con unanimidad en la condena, - la fecha más siniestra de nuestra historia. Bienvenido sea porque la forma en que metabolizamos los hechos permiten abrigar esperanzas en su no retorno. Pero el 24 de marzo como cualquier otra fecha, tiene un necesario "tiempo antes", para cristalizarse en la convención de una fecha. Hubo un antes repleto de consignas con y sin sentido, de honrosas y miserables acciones políticas, incluso los mas crueles eran aplaudidos de uno y otro lado del espectro social. Estaban los que apostaban a la violencia para transformar, y eran alentados para ejercerla.Mas tarde fueron masacrados con excesos que nunca podrán olvidarse. Alguna vez escuche una excelente reflexión de como se describe toda esa tragedia : "Lo normal es decir que es algo que "nos sucedió" a los argentinos, nada menos cierto, es algo que "hemos producido los argentinos", el síntoma mas dramático de una sociedad enferma". Hay sin duda una crueldad en el aserto cuando se dice; “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen" ; merecer quizás no sea el verbo justo pero este padecimiento no estuvo fuera de nosotros” por Francisco José Bessone
La vida temática de una sociedad es un síntoma importante de su estado. En la democracia se valoran los largos debates; en la mediocracia todo tiene que ser breve y «entretenido» (Bourdieu y la banalización de la política).
Un individuo particular puede preferir hablar solo en nombre de si mismo. Cuando se construía la Peatonal Recuerdo caminar junto a amigos por entre los tablones y escombros de la futura peatonal Córdoba y la mirada de la policía. Teníamos el pelo largo y te lo podían cortar, pero el viejo te iba a buscar a la comisaría y se encargaba de explicar que no éramos parte de la Revolución Cubana.
Mi hermano mayor, -al que mi viejo quería cambiar -, si que hablaba de otras cosas. Mencionaba a Perón, -una especie de demonio en mi casa- y mi viejo que gustaba del eufemismo se refería a él como el "tirano prófugo". Mi hermano lo hacia en otros términos y le decía como se le había prohibido presentarse como candidato a gobernador de una provincia. Se mencionaban otros nombres como, Martín Luther King, un tal Sartre y hablaban de otras cosas que yo no entendía. Un día le robó una sábana a mi vieja para escribir no recuerdo si, "Laica o libre"; yo creía que hablaba de la perrita rusa que había viajado al espacio. Tenía un amigo que decía ser Tacuara y mencionaba a José María Rosas pero, los libros de historia, siempre debajo del brazo de la gran mayoría de mis amigos, repasaban autores como Astolfi, Arriola, Etchart-Douzón y no hablaban de política ni revolución, salvo la de Mayo. Todos esos libros hablaban de la "Patria", esta era un puñado de sentimientos, y nos parecía que todos eran patriotas. Nos emocionaban las batallas, y solo algunos de nuestros próceres, por eso quizás, pese al frío y los sabañones íbamos a los desfiles militares.
La historia argentina era aburrida, eran preferibles tres películas, donde junto a la del infaltable "cowboy" aniquilando indios estaban - "las de guerra" - , con sus relatos de una “América invencible” donde luchando contra los japoneses que lucían, -a pesar de ser bajitos- , como muy malos eran vencidos por nuestros héroes rubios; o "las de alemanes", que también eran malos, blancos, altos, bien armados y estaban aliados con los japoneses. Teníamos la idea de que, lo que era bueno para Estados Unidos tenía que ser bueno para la humanidad.
En nuestra historia nunca se llegaba hasta nuestro presente y sólo supimos que Chile siempre conspiraba para tomarnos territorios; que las Malvinas eran Argentinas; y los caudillos, unos bárbaros. Había protestas, algún neumático que se quemaba en una esquina y uno que otro trolebús, pero las calles eran mansas y se podían transitar. No se veía mucha pobreza, si “villas miserias” y creíamos que los que estaban ahí lo hacían porque les gustaban vivir así, que comían milanesas con puré, costeletas y que hasta tenían heladera eléctrica. Quedaban lejos del centro, -y además-, si esto que se decía no era cierto, el tiempo y el natural progreso iban a remediar eso. Mi barrio, como otros tantos barrios tenía su linyera que, a su tránsito regular por nuestras veredas nos daba una muestra engañosa de la indigencia, que se rubricaba con esta historia: "el linyera, era hijo de una familia acomodada que cansado de esa vida había hecho de la mendicidad una elección".
Aquél era un tiempo parecido una encantadora siesta, llena de buenos y malos y elementos plásticos de formas redondeadas donde los autos tenían la forma de una nave espacial. Mi viejo me aconsejaba que terminado el secundario estudie abogacía porque seguramente sería una profesión rentable. Que iba a ser "el hombre" con el tiempo del ocio, era una pregunta atinada.
De pronto los militares se peleaban entre sí y no entendíamos bien el porque. Los rojos eran comunistas y los azules aliados? - pregunté cándidamente.
Recuerdo, de ese hecho, el regreso del hermano mayor de un amigo en servicio militar, -las noticias hablaban de muertos y heridos-, y todos los vecinos en la calle viendo a Doña Rosario, su madre, que lo abrazaba llorando. Todos viendo la escena emocionados. Afortunadamente no había pasado nada. Había elecciones, pero los victoriosos no duraban mucho tiempo; los militares interrumpían el proceso y los acompañaba el consenso mayoritario de la población.
El viejo se quejaba de la inflación, de las empresas del estado, pero todo el mundo tenia trabajo, heladera eléctrica y un lote en cuotas, en Fúnes, eran parte de su inquietud. Teníamos televisión blanco y negro y, teléfono, porque mi viejo tenía amigos en ENTEL. De madrugada, junto a la sirenas de muchas fábricas que se escuchaban en mi barrio, algo también flotaba en el aire, pero nadie podía imaginar que una tragedia iba a cernir el futuro. Así pasaron los días y la trama comenzó a construir de manera imperceptible, lo que se venia. La revolución cubana seguía su curso y comenzaba a ser inspiración, la guerra de liberación argelina, los acontecimientos de Vietnam, y una situación de injusticia social progresiva configuraban parte de nuestro presente.
La Peatonal terminada
La peatonal hacia tiempo que estaba terminada. Pelo cada vez más largo y algunos agregaron la barba. Ahora la policía no dejaba de mirarte. Éramos sin dudas para ellos, la antesala de un futuro compuesto por comunismo, el amor libre, pornografía, y seguramente futuros divorciados. Sonaba otra música y conocíamos tipos que descalificaban el rock como extranjerizante. Algunos amigos enfrentaban la voluntad de sus padres, iban a vivir solos y optaban por carreras humanistas. Estábamos llenos de nuevas palabras: "conciencia de clase", "sujeto social", "sistema de dominación" y no hacíamos deporte porque nos ocupaba un tiempo valioso. Estudiar, polemizar sobre el mundo y su tercer rincón, ir de peñas, empanadas, vinos y música de protesta, era el menú casi diario de una juventud preocupada que sacrificaba de la estética por cosas más importantes. Al rock, agregamos el folklore, que cobra una popularidad arrolladora y todos teníamos una guitarra. Caudillos y antiguos pleitos históricos se colaban en el cancionero popular y se vinculaba fuertemente el arte popular y la política.
Descubríamos las ciencias sociales y hubo una palabra- “etnocidio” -que permitía otra comprensión de los indios, las películas americanas, y el porque nosotros éramos un país agro exportador, el Rémington; la pieza de un genocidio que en nombre del progreso hizo también aquí su "Orden y Administración". No dejábamos de citar el "Manual de Zonceras Argentinas", para saber de sonsos y avivados, y crecía un profundo sentimiento nacionalista. Algo estaba soplando en el viento e incluía toda Latinoamérica y comenzaba a convertirse en canción. Otros libros se hacían lugar en nuestras bibliotecas y se vulgarizaban: "Rivadavia y el imperialismo británico", "Los condenados de la Tierra" de Franz Fanon, la "Teoría de la Dependencia" y muchos otros, y ya, lo que era bueno para Estados Unidos no era necesariamente bueno para la humanidad. Teníamos todos, -o casi todos- la posibilidad de comprar libros y tiempo para leer, y los kioscos de revista eran una fiesta en variedad y calidad. Leíamos, y pronto a los bares a discutir porque ellos estaban repletos de polemistas- ya con ginebra en mano- se preguntaba una y otra vez sobre sistemas filosóficos y políticos que concretarían los cambios que estaban por venir. En cada mesa se podía reconocerse algún intelectual, este se presentaba como un nuevo sacerdote del mundo, y se discutía acaloradamente. Eran, - según recuerdo - duras contiendas ideológicas, plagada de eslóganes y de contenidos, y las más de las veces no se encontraba una respuesta satisfactoria pero, casi siempre, todo terminaba con la promesa de construir un futuro mejor. Había pasión revolucionaria, una tierra prometida, - que en aquel tiempo podía ser nacional o socialista,- y todo estaba ahí, al parecer al alcance de la mano. Junto al compromiso, -por todos los que sufrían por la injusticia social-, había un poco de todo. El relato construía los convencidos, los conversos, los oportunistas y hasta los snobs que quieren estar a la moda o tenían el propósito de llamar solo la atención.
Viejos, Jóvenes y Villas Miserias e indiferentes
Con rigor en los análisis en la mayoría de los casos, con verdades a medias, e incluso, con la construcción de la versión mítica de aquél hombre y ese tiempo, buscábamos su definición, y las correspondientes miradas marcaban nuestras diferencias. No eran pocas, pero entre estas diferencias había acuerdo para una impiadosa confirmación: todo la etapa estaba teñida de violencia, de traiciones a la voluntad popular, de mayorías excluidas; y esa realidad cubría no sólo el peronismo -como su principal víctima- sino toda la historia política argentina de la última mitad del siglo XX. Antes ignoradas o ubicadas solo en la cabeza de Goliat, ahora se advertían por todos lados. En Uruguay se llaman Cantegriles, Favelas en Brasil, y sabíamos que ahí, no era todo el año carnaval. Los jóvenes comenzaron a la visitarlas. Se impresionaban con las latas, los cartones y sus fragmentos de coches destripados y entre los que ahí marchaban había de todo; los que ayudaban a alfabetizar, el vouyerismo de clase media y alta, como también curitas jóvenes que querían evangelizar.
Una rebelión popular, un secuestro y un asesinato Se registran hechos cruentos, pero aislados y mueren estudiantes, gremialistas, que ocupaban brevemente la atención y serán las escenas violentas que acompañan un diario vivir. Algunos sugieren convencidos que ese era el camino, y el precio a pagar por el cambio. Las calles ya no eran mansas y algo inminente podía suceder de un momento a otro, y poco tiempo después, sucedió. El secuestro y posterior juicio revolucionario y asesinato de aquél que se sindicaba como el responsable. No es un crimen, es justicia -se decía- porque ahí se fundó el desastre argentino y al igual que los golpes institucionales fue ampliamente consentido o justificado. Era tiempo de vengar aquel otro crimen y hacerse cargo de todas las injusticias. Un amigo y la vuelta de Perón
Elido, mi amigo, se preparaba para ir a Ezeiza a recibir a Perón, junto a Clarita, su compañera, que seguía usando minifaldas. Así muchos llamaban a sus novias, -compañera- porque el amor también se pensaba en términos políticos. Como él, gran parte de la juventud era a esta altura de algún modo peronista, quizás, porque casi no existía otra forma de hacer política.. y como tantos trabajaban para que Perón pudiera volver, el pueblo votar y de su mano ocurrieran todos los cambios. Había que ser peronista aunque se pensara que Perón era un conservador lúcido y su proyecto político era prevenirlos, y de ser necesario, incluso impedirlos. Si había diferencias entre bandos no estaba con ninguno; o estaba con los dos: hacía -según sus mismas palabras de "Padre Eterno". Y llegó. Lo hizo con su pelo teñido y peinado a la gomina, viejo, pero campechano y saludaba desde el balcón de su residencia y decía -esta vez en persona - lo que decían los discos que llegaban desde antaño desde el exilio en Madrid : "Nadie tiene derecho a decir que son culpables aquellos que con inspiración patriótica van a la guerrilla"; o esta otra; "la violencia de arriba.....genera la violencia de abajo". Más libros: Pedagogía del oprimido de Paulo Freire; Para leer al pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Mattelart; o Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. De ahí en más todo es un vértigo. Sólo se frenaba cuando algún conocido que venía de lejos e intentaba advertir las posibles consecuencias de esa mezcla de idealismo y locura en que se andaba. Pero esas observaciones podían ser fácilmente refutadas. En Chile, donde se había dado el primer gobierno socialista, llegado al poder por la voluntad general y donde se intentaban todos los cambios, se produce un golpe de estado; y si hasta aquí la democracia no era un valor, o estaba francamente degradada, se demostraba una vez más lo inútil de su opción y su camino. Basto para convencer aun mas a los convencidos y sumar dudosos a la justa causa. Otros se quedaron reflexionando en las palabras de Perón, que para explicar el hecho y definir las causas del fracaso decía; "son los apresurados de siempre". Cada día pasaba algo, agregaba una muerte, un secuestro o amenazas; todo estaba radicalizado y se decía que había que tomar partido. La violencia en aumento instrumentada en la represión comenzó a sumar algunas simpatías de los que hasta ese momento sólo habían sido espectadores. Entregados a ese vértigo de mayorías y minorías rodeadas de ambigüedades e irracionalidad, y creyendo cada facción representar la identidad de la nación toda, llegó el momento para muchos de definir sus posiciones. Creo intuir que por fue por esos tiempos donde cada uno de aquellos ejerció una opción, y donde todas fueron respetables. Los convencidos, quienes aceptaron que sus existencias estaba sujeta a aquellos ideales y aceptaron transcurrirla entre riesgos y horrores y sabían que una de las posibilidades era morir; otros en verdad no sabían lo que hacían, y muchos que honrosamente eligieron otros caminos. Como bandidos románticos lleno de abnegación en mil formas diferentes, muchos se sumaron desde el atentado hasta el delirio, desde el sueño hasta el revólver y el "crimen justo" incluía, muchas veces a pobres inocentes, aunque se podía decir que era las consecuencias no deseadas o simplemente el precio. Muchos las justificaron, otros la consintieron, otros la naturalizaron u aun en la reprobación, se indignaron menos por unas víctimas que por otras. La aceleración final
Así entramos en la aceleración final, con la idea ya instalada, que en política, en ciertas circunstancias, es admisible y legítimo matar al adversario. Ese fue el camino que a diario se recorría hasta llegar a ese día fatídico día del mes de marzo de 1976, y donde muchos honradamente creyeron que el golpe de Estado venía a poner cierto orden en esos enfrentamientos. Se pensaba que se iba a reprimir, que la ley era el recurso válido y se iba a terminar con la toda aquella locura. Ocurrió exactamente lo contrario y, sin gran dificultad, los mercenarios de la muerte, se asimilaron a las fuerzas represivas y se produjo mas horror y la figura de lo desaparecidos como una forma original y siniestra de la represión. Normalidad que incluía presenciar lo que a uno le tocara en suerte, enfrentamientos que se asemejaban a cazar ratones, secuestros o allanamientos que encubrían saqueos y donde se intuía un mas allá, que el miedo no permitía mirar, y lo presenciado jamás tenía como contrapartida en la información del otro día y aunque alarmados se acudía al refugio en las dimensiones personales y la cómoda argucia de que en algo andarán, y se era indiferente por el destino de otro, y algunos llegaron al consentimiento explícito. Todos, o casi todos, ciudadanos comunes que se incluían en una "desinteresada distancia" y una considerable porción de los políticos con tácitas adhesiones unos y otros que decían que Videla era el general de la democracia. Fue el tiempo que nada fuera de nuestros intereses concretos pareció conmovernos. El de mujeres que daban vueltas a la pirámide de mayo, que se ignoraban, o eran calificadas de "locas". El tiempo de las largas filas de familiares para declarar a sus desaparecidos que solo despertaban una curiosidad alerta, que pronto se censuraba. El tiempo que en verdad nadie quería enterarse o prestar mucha atención de lo que producía la dictadura más sangrienta de la historia argentina, que tuvo su Auswichtz representada en la Esma.
Francisco José Bessone
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El Ruido de las Nueces |
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