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Pueblo Perdido

autor AireLimpio

El tren arrancaba suavemente cuando el joven se despertó. Brusca fue la salida del territorio de sueños y doloroso comprobar que el apetitoso (se notaba) plato de ravioles con carne estofada se desvanecía en el tirón. Por el rabillo del ojo observó que la estación se movía desplazándose hacia atrás y el coche permanecía estático. Tomó rápidamente sus libros y corrió hacia la puerta del vagón totalmente adormilado. Descendió ágilmente en el andén verificando con satisfacción que la tierra no se movía a sus pies. Miró su mano izquierda y la encontró asiendo su carpeta de trabajos, su libro de Rudolph Arnheim y la revista Crisis. Levantó la vista y vio como el coche motor se alejaba velozmente de lo que el supuso era su pueblo en su despertar. Con pesar se dio cuenta de que se había equivocado y se había bajado en San Gerónimo. ¿Era San Gerónimo? No estaba muy seguro. Buscó el cartel indicador y lo encontró casi al final del andén. Se leía San Erónimo. La G estaba borrada.

Miró a los costados. La estación estaba vacía. A lo lejos, a su derecha, en el más cercano paso a nivel, un viejo camión pasó traqueteando entre las vías.

Miró la hora. Eran las seis y media pasadas de un caluroso día de invierno, típico veranito de San Juan. Tal es así que se había sacado el pulóver y lo tenía anudado a su cuello. Pero ahora comenzaba a refrescar. Puso sus libros entre las piernas y se lo colocó.

La media oscuridad lo había engañado. Creyó en su premura que se había bajado en su destino (ya que de no hacerlo hubiera seguido viaje hasta Las Rosas) pero no fue así. Por eso se bajó entre dormido.

¿Qué hago? Se preguntó. El próximo saldría de Rosario alrededor de las nueve y media. A las diez recién estaría por acá.

Se dijo que lo mejor sería caminar hasta la ruta distante seis o siete cuadras para tomarse un colectivo que seguramente pasaban con más frecuencia, por lo menos uno por hora.

Salió de la estación. Ya las luces estaban prendidas. Empezó a andar.

El pueblo estaba desierto a esa hora. ¡Qué temprano se recogen en sus casa! pensó.

Observó las calles limpias, las casa bajas, los largos tapiales, las anémicas luces de mitad de cuadra y las esquinas, las desparejas veredas. Comenzó a bajar una niebla que rápidamente cubrió todo tornando difusos los contornos.

Estaba cansado. Se había levantado muy temprano y había viajado a Rosario para ir a clases. Era un alumno novato del primer año de arquitectura y viajaba todos los días.

Ese particularmente había sido agotador. Muchas horas de estudio lo habían embotado bastante. Apenas tuvo tiempo de comer algo y continuar. Los jueves eran un espanto. Cuando salió de su última clase tomó rápidamente el colectivo que lo dejó en la estación a tiempo para tomar el tren de las seis de la tarde. Por eso se había dormido.

La fantasmagórica silueta de un ciclista pasó a su lado silenciosamente y se perdió en las blancas tinieblas. ¡Qué neblina horrible se levantó! se dijo. No se ve nada.

De repente algo, ¿alguien? Lo tocó. ¿Lo tocó? Se llevó la mano derecha a la oreja para comprobar con susto que un hilillo de sangre la manchaba. Buscó su pañuelo mientras miraba alrededor... Nadie. ¿Una rama tal vez?

Resolvió bajar a la calle y continuar.

Creyó haber recorrido seis o siete cuadras. A esa altura de camino la ruta ya tendría que haber aparecido. Entre la brumosidad veía luces en las casas y envidiaba a sus ocupantes. ¡Si no se hubiera quedado dormido! Tal vez ya estaría llegando, una comida calentita y a dormir…

Siguió caminando. ¿Dónde estaba la ruta? ¿Por qué no aparecía? La carretera, como en todos los pueblos de la región corría paralela a las vías. El había caminado en línea recta y perpendicular desde la estación. Ya tendría que haberse topado con ella. Nada. Ni el más mínimo rumor de vehículos transitando se escuchaba. El pueblo curiosamente también estaba en silencio. De vez en cuando unos ladridos se escuchaban a la distancia. Empezó a inquietarse. Y esa niebla que impedía ver más allá de cien metros…

De repente una bicicleta se corporizó delante de sus ojos. ¿Era la misma que había pasado antes? Esta vez venía en sentido contrario. De frente.

El ciclista se veía menudo. Se detuvo mirándolo. La oscilante luz de la calle impedía verle el rostro. En parte también por la capucha que lo cubría.

El también se detuvo. ¿Qué pasaba aquí? ¿Por qué se había detenido y lo miraba?

Observó a su alrededor y no encontró a nadie. Evidentemente la cosa era con él.

Intrigado pero sin temor caminó en dirección a la figura detenida. Esta había apoyado un pie en el cordón de la vereda y haciendo equilibrio lo esperaba.

Cuando estuvo a su lado descubrió que quien había supuesto un hombre era una mujer. Una joven de cara angulosa que divertida lo contemplaba jugando con su asombro.

- Hola

- Hola – respondió amablemente la muchacha.

Se encontró entonces inquiriéndose a si mismo que era lo que iba a decir.

- ¿Me estás esperando?

- Si, y acompañó con la cabeza la respuesta afirmativa.

- ¿Puedo saber porqué?

- Seguro. Vos no tendrías que estar aquí. En este lugar, este día y a esta hora.

- ¿Cómo?

Una lucecita de comprensión empezó a encenderse en su cabeza. Un calor de fuego inundó su rostro. Se le cayeron los libros. El ruido de plop que provocó en el pavimento no lo sacó del aturdimiento. Miró fijamente a la chica. Esta continuaba mirándolo divertida. Era bonita y de cabello castaño. Su sonrisa mostraba unos dientes parejos y perlados.

- No te alarmes, le dijo. Lo vamos a solucionar. Contrariamente a lo que la gente piensa, esto si tiene solución.

- ¿Entonces? ¿Qué pasa conmigo? ¿Estoy muerto? ¿O no estoy muerto?

La palidez había reemplazado el rojo súbito en su cara y se agarró del manubrio de la bicicleta pues un repentino mareo lo hizo trastabillar.

- Decime, la voz de la mujer era suave, clara y cálida. ¿Vos no sos Constancio Ferro, nó?

- No, no, para nada, respondió en un hilo de voz.

- Hubo una equivocación entonces. A veces sucede. Acompañame.

Se bajó de la bicicleta, la acomodó en el cordón de la vereda y comenzó a caminar en dirección contraria a la que el venía. Se dio vuelta, y viendo el aturdimiento del muchacho, con dulzura le dijo:

- No tengas miedo.

Las piernas de éste estaban paralizadas. Envió mensajes desde su cerebro ordenándoles avanzar, y nada sucedió. La inequívoca comprobación de la situación y no saber a ciencia cierta donde estaba, darse cuenta de su fragilidad como ser humano y su temor ante lo desconocido, obraban con ese efecto.

Ella pareció darse cuenta, volvió sobre sus pasos. Y le tomó la mano.

Sintió en la suya, una mano cálida, pequeñita, suave al tacto. Instantáneamente desapareció el temor. Empezaron juntos a caminar hacia la estación de trenes.

Cuando se despertó, estaba sumido en la oscuridad. Un resplandor penetraba por las ventanas del coche detenido en el galpón donde se guardaban las máquinas. Se había quedado total y absolutamente dormido y nadie lo había despertado. ¡Claro! Este era un tren local. La gente se había bajado No lo habían notado ya que estaba a mitad del mismo y su cansancio hizo el resto.

Tomó sus útiles y descendió. Caminó entre las vías hacia la estación, distante una cuadra de donde estaba. Operarios trabajaban acomodando carricoches junto a la máquina de maniobras.

El dormir le había hecho bien. Se sentía totalmente renovado. Había tenido un sueño extraño con una bella chica. No sabía su nombre. Pero ella le había comentado que le decían la guardiana. ¡La guardiana! ¡Qué extraño! ¡Guardiana de qué!

Lo que sí tenía era un hambre extraordinaria. No veía la hora de llegar a su casa. Su mamá le había dicho que le iba a dejar unos ravioles con carne estofada. ¡Con lo que le gustaban!

Siguió viajando un tiempo más entre su pueblo y Rosario hasta que se cansó y se quedó en una pensión cerca de la facultad.

Pero mientras lo hizo, cada vez que pasaba por San Gerónimo, miraba con intensidad el cartel indicador del pueblo, preguntándose si alguna vez había soñado con que la G estaba borrada. El nombre se veía completo y era nítido. E instintivamente, al hacerlo, se rascaba el lóbulo de la oreja derecha donde inexplicablemente, de un día para el otro, una marca moruna había aparecido. Como una marca de fuego.

Autor: airelimpio Julio de 2006

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