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Emprendimiento Puerto Madero y sus impulsores y Raúl Castell "Sacar a los pobres de su pobreza no es tan sólo un asunto de caridad, conciencia y deber ético, sino una condición indispensable (aunque meramente preliminar) para reconstruir una república de ciudadanos libres a partir de la tierra baldía del mercado global”.“En busca de la política”, del sociólogo Zygmunt Bauman.
Hace ya algunos años empezaron a recorrer la ciudad los "tours" turísticos de la Buenos Aires siniestra, al modo de Londres o París. La empresa se llama Horizontes, organiza dos por semana, de noche, a bordo de un micro. El circuito incluye casas de criminales célebres: la de Yiya Murano, la de Jorge “El Descuartizador” Burgos (en Barracas), el conventillo donde acechaba el Petiso Orejudo o la casa de San Cristóbal donde Emilia Basil, en 1970, decidió cocinar al hombre que la acosaba. No solo los rastros del crimen son objeto de la mirada turística, también sabemos de los tours - especialmente de turismo extranjero - a las marchas piqueteras, en una especie de turismo de aventura urbana y social. Seguramente la empresa tendrá ahora un motivo para extender los tours hacia el elegante Puerto Madero. Los guías deben saber en este caso que Puerto Madero no es cualquier cosa, y explicar su historia; cuando se aquietaron las pizarras de la cotizaciones de divisas y se podía ver que todo se modernizaba, se inauguraba Puerto Madero, y que representa en términos simbólicos una de las más prototípicas realizaciones del menemismo - y por entonces -, nuestro anhelado ingreso a la modernidad. Aunque para muchos el nombrarlo suena afrentoso, otros; se encojen de hombros y se preguntan que tiene de malo salir a cenar a Puerto Madero o, si deben arrepentirse de haber brindado alguna vez en algunos de sus locales por la estabilidad. Son preguntas perturbadores cuando se aproxima la inauguración del restaurant comunitario del piquetero Castell -que a modo de revancha- intentará que a los ricos les invada la vergüenza y se atraganten con los deliciosos frutos de mar. El hecho promete algún revuelo. Los medios de comunicación así lo creen y cuentan los días que faltan para su inauguración y muestran imágenes de Don Raúl acomodando la valiosa mercadería. El revuelo consiste en legiones de pobres que invadirán el elegante barrio y se descuenta que los sagaces movileros interroguen a los comensales mientras saborean esos alimentos que dan identidad y marcan las distancias sociales. Algunos, por el temor a las cámaras, buscarán lugares alternativos, - que por cierto no faltan- y esperarán que la prensa agote la novedad de explotar todos los contrastes, para retornar a comer el delicioso solomillo con su lustrosa paquetería en esos docks algo insolentes. Saben, que más tarde o más temprano otras noticias ocuparán a los medios; y la foto de Castell con la ñata contra el vidrio deglutiendo mate y torta frita quedará en el manso olvido. Otros, -siguiendo esta línea de razonamiento- sostienen que apenas habrá repercusión, no solo porque Castell no parece capaz de generar una identificación perdurable con la "opinión pública"; sino porque, si la hay, será efímera, y que no hace falta llegarse hasta Puerto Madero para comprobar la indiferencia cuando vemos a diario legiones de chicos revolviendo tachos de basura, sin conmovernos. Dicen que la pobreza ya no nos espanta y hace bastante tiempo que la hemos naturalizado. Aunque la protesta es justa (la gente va a comer) y contenga algo de verdad, la facultad de comunicarnos sensaciones duraderas se tornan efímeras. Durará lo que dura un testimonio. Es la lógica mediática de estos tiempos, y la protesta social es una compleja actitud político-estética del espectador que quiere "la verdad" pero no le gustan los gritos, lo estentóreo, y lo impresentable. A modo de ejemplo dicen: "Norma Plá podía conmover a Domingo Cavallo, pero no provocaba adhesiones de cuantía". La profusión indiscriminada de hechos cotidianos tiende a anestesiarnos. Los piquetes, las protestas, la desigualdad -salvo que nos toque-, y mucho antes de Puerto Madero es, como ver una explosión a distancia. Están obviamente los que marcan la impertinencia y nostágicos, equiparan la invasión de Castell a la "chusma ultramarina" y añoran una Ley de Residencia. Sospechan que el puerto -obsesión de escritores - antaño repleto de exotismos, con marineros ebrios, voces confusas, anarquistas, rameras sentimentales, naipes, y hasta drogas; que se creyó arrojado por la modernidad, hoy toma venganza de ellos, y ese submundo de la marginalidad vuelve, al menos en otras formas desprolijas y en sus estereotipos grotescos de un Capitán sin barco llamado Castell. Otros afirman que no hay tal venganza. Que nunca se fué, y subsistió bajo otras formas y que esta es la razón de su éxito. Esta temeraria afirmación no pretende vulnerar el principio de la inocencia de cada concurrente y creo no hará desistir a futuros clientes. Si se dejan al margen los ocasionales turistas y, -naturalmente a Ud. que lleva su señora con la excusa de hacerle probar una delicia como el Filete Mignon - y concurre al "Piegari", que sospecha que era; o es de la familia Yabrán, no espera encontrar marineros ebrios ni prostitutas mal trazadas o rameras sentimentales, tampoco tugurios con naipes porque los tiempos han cambiado y hoy los casinos son flotantes. Sabe también que mudaron de lugar María Julia, Víctor Alderete, Beraja, y otros tantos concurrentes, donde ciertos locales eran como su propia oficina y que ya están retirados. Pero los cambios son lentos, y puede toparse con Bernardo, bastante retirado, pero que todavía tiene ahí sus paquetas oficinas. La lista de lo que por ahí pasan y han pasado puede ser interminable. Si se defrauda porque no reconoce otros rostros, es porque hoy, no parece haber tanta ostentación o sospechar que hubo algo de vergüenza. Pero no se desanime, siempre habrá caras familiares que no cayeron en desgracia y que expresan salvo por las apariencias, otra marginalidad, solo que mucho más elegante, menos instintiva y sofisticada; con otro boato que la que antaño poblaba el puerto. El despliegue es parte del menú junto el plato que Ud. elige, e incluye poder verlos. El lugar no es más que el reflejo de una liturgia elegante y mirar, produce fascinación. Si Ud. concurre por estos días a manducar delicias, verá que la única diferencia ostentosa, y detectable - si llegan los invasores - podrá ubicarse en el tamaño de la panza, solo que, paradojalmente unos - los que protestan - tiene la gordura como metáfora de la indisciplina, los otros ya lo verá, son siempre esbeltos y elegantes. La anorexia sería quizás la única y famélica coincidencia, solo que para unos es involuntaria, y para otros un gusto. Pobreza frente a la riqueza no hará que Madero parezca un puerto ilusorio. Puerto Madero es tan real como las frutillas y las moras -que se pide como "frutos del bosque" - y cuesta 26 pesos, y que puede ser seguramente el haber mensual que gana en todo un mes el que las recoge cerca de El Bolsón. Y esto a pesar de Castell. Puerto Madero no tiene la culpa por sus ocasionales visitantes, como no tiene la culpa el pobre puerto, cuando antaño en ese mismo lugar pululaban ratas, marineros ebrios o rameras sentimentales, ni ahora Castell con sus legiones de pobres. Es el paisaje de un país con desigualdades solo que hay que irse tan lejos para darse cuenta. Los hechos nos atraviesan - por un rato -, nos dividen en bandos perfectamente diferenciables y sabremos una vez más la distancia que hay entre Puerto Madero y un barrio popular con los piojos más grandes que cocodrilos. Francisco Bessone
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