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Luis A. Quevedo (Flacso) |
Por Luis Alberto Quevedo
El presidente Néstor Kirchner era poco conocido por el grueso de los argentinos en el año 2003. En aquel momento, su actuación política no había logrado trascender la provincia de Santa Cruz, pese a que su candidatura presidencial ya estaba lanzada desde hacía un buen tiempo. El azar y la coyuntura particular de aquel año (como siempre en la política) le permitieron acceder a la presidencia sin ser un político con proyección nacional y, como él mismo lo dijo, alcanzar la primera magistratura como "el presidente menos votado de la historia". Esta debilidad fue transformada por Kirchner en una enorme oportunidad de construir su propio modelo de llegada a la política argentina. Para esto se basó en tres rasgos que él mismo se atribuyó: el frío, la soledad y el sacrificio. "Venimos desde el sur de la Patria, de la tierra de la cultura malvinera y de los hielos continentales", dijo en el Congreso Nacional, y a partir de allí se autodenominó "pingüino"; conoció la soledad del poder desde el primer día de gobierno: "El día que entré a este despacho me quedé solo con mi compañera y mis hijos y tomé conciencia de la soledad para resolver una de las crisis más profundas del país", declaró hace pocos días; y repite hasta el cansancio el sacrificio y la entrega que suponen cumplir su misión en la historia argentina: en el discurso del 25 de mayo dramatizó: "No me importa que me amenacen como lo hicieron ayer, diciendo que si tuvieran una bomba me la pondrían. No me interesa, porque me juego por mi pueblo". Para Néstor Kirchner éste fue y es el modo en que le gusta ser percibido por la opinión pública: un hombre solo, sacrificado y que no se doblega ante las amenazas que pudiera recibir por parte de sus opositores. Por eso, resulta casi un lugar común en sus discursos el pedido de apoyo y de confianza: " yo les pido que me acompañen, les pido que me den fuerzas, les pido que den toda la polenta necesaria para dar la batalla que los argentinos necesitan". Pero, ¿contra quién es esta batalla? La política se construye en la confrontación. Este parece ser el principio discursivo desde donde el presidente Kirchner enuncia sus acciones y donde se siente más cómodo para obrar. La fórmula recurrente consiste en señalar un problema (económico, político o institucional) y establecer allí un mapa de aliados y opositores que colaboran o impiden el desarrollo de los proyectos que lleva adelante el Gobierno. En los tres años de gestión, el Presidente ha señalado a muchos enemigos: organismos internacionales, empresarios o grupos ruralistas, periodistas con nombre y apellido y algunos medios de comunicación, dueños de supermercados o jueces de la Suprema Corte, entre otros.
En el discurso del pasado jueves el Presidente denominó a sus enemigos de manera genérica y con una morfología imprecisa: " yo les pido que tengan muy buena memoria, porque la lucha contra los intereses es muy difícil y los intereses se pueden agazapar, pero quieren volver a retomar la iniciativa". ¿Quiénes son estos intereses? ¿Qué personas o instituciones los componen? ¿Dónde se localizan geográficamente? De todo esto sabemos poco. El Presidente no acompañó su discurso con una cartografía que nos permita orientarnos en semejante oscuridad. En realidad se trata de una denominación genérica que muestra eficacia simbólica en su indefinición. ¿Por qué es eficaz? Justamente porque en más de una oportunidad el Presidente ha producido algún anclaje concreto que encontró una buena intersección con la opinión del grueso de los argentinos. Tal vez el más eficaz fue elegir al Fondo Monetario Internacional como enemigo de los intereses de nuestro país: se trataba de un enemigo externo, mencionado durante muchos años como responsable de las recetas económicas de los noventa y bastante antipático a la hora de mostrar sus caras visibles en la Argentina. Por este motivo, el pago total (y de una sola vez) de la deuda con el FMI -y la consecuente ruptura del diálogo con sus representantes- fue evaluado por la opinión pública más como un hecho simbólico y político que como un logro económico. Pero cuando estos "intereses" tienen rostro nacional, el Presidente se coloca en un doble juego de confrontación y diálogo. Confrontación, ya que en la mayoría de los casos el Presidente los denuncia como enemigos de los proyectos de gobierno y de diálogo porque -en varias ocasiones- ha terminado reunido con sus representantes en la Casa Rosada y anunciando una concertación de precios, por ejemplo. Los intereses cambian de rostro, pueden ser aliados o enemigos, pero siempre están agazapados. Por eso, el Presidente se ofrece como un hombre atento y dispuesto a enfrentarlos.
Memoria y olvido Como en toda construcción simbólica de la política, Néstor Kirchner también reconstruye el pasado a su medida. Recuerda siempre su origen de militante peronista en los setenta y el momento en que se consagra Presidente de la Nación y debe asumir la pesada carga de conducir "un país en llamas". En estas dos referencias convergen, a un tiempo, la memoria y el olvido. Por un lado, el peronismo de los setenta presentaba una complejidad tal que requiere algo más que una evocación de los sueños y utopías de una generación para hacerse cargo de una historia cargada de contradicciones. "Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada", decía el 25 de mayo de 2003. Por otro, en el momento de su asunción como presidente la Argentina no podía definirse exactamente como un "país en llamas". En realidad, el gobierno interino del presidente Eduardo Duhalde y la gestión económica de Roberto Lavagna ya habían comenzado a controlar la dura crisis del año 2001 y los números de la macroeconomía comenzaban a cambiar de signo. Sin embargo, el presidente Kirchner insiste en este posicionamiento que lo ubica como propietario de la recuperación que permitió superar la más dura crisis de nuestra historia. Para ello utiliza en sus discursos los números contundentes de la economía actual (crecimiento sostenido, caída del desempleo, mejoramiento del salario real) que, sin lugar a dudas, forman parte de los éxitos de su gestión. Y también van con su estilo: el Presidente ama los números y se apoya en ellos en forma permanente.
Convocar a un proyecto Néstor Kirchner atribuye la debilidad institucional que vive nuestro país a la crisis de los partidos políticos. Esto es aceptado por buena parte de nuestra dirigencia, pero justamente lo que no parece estar dentro de los proyectos del Gobierno es fortalecer el sistema de partidos. Más aún, el Presidente no ha querido ni siquiera volver a posicionarse como jefe del Partido Justicialista, aunque tenga las condiciones para hacerlo, y el Frente para la Victoria es sólo un instrumento electoral. "La Patria somos Todos", rezaba el único estandarte ubicado en el palco de la Plaza de Mayo. Es una frase sabia, generosa, plural y representa también un desafío para cualquier gobierno democrático. Admitir que todos formamos parte de la patria supone el reconocimiento de la diferencia, la aceptación del otro a pesar del disenso, la tolerancia y la búsqueda de consensos a fin de construir un proyecto de nación. Por eso, la elección de este eslogan, para este momento político de la Argentina, interpela ante todo al gobierno nacional. Y lo interpela en esos términos: en los términos en que Néstor Kirchner enuncia la necesidad de construir a partir del pluralismo. En ese palco, el Presidente habló de nuestra historia reciente, del pasado político, de la dictadura, de la democracia, del peronismo, de la pesada herencia que recibió al asumir y de los logros de su propio gobierno. Todo esto pertenece al pasado, a lo que ya transitamos como país. Por supuesto, Kirchner tiene derecho a resaltar sus logros, que no fueron pocos. Pero el resto de la Argentina (si es que realmente "La Patria somos Todos") tiene derecho a pedirle al Presidente que también hable del futuro y se refiera ahora al modo en que tomará en sus manos los temas que están pendientes. La misma composición social de la plaza del pasado jueves mostraba -mas allá de cualquier discurso- las deudas que le restan a este gobierno y a los próximos en materia económica, política y social. Están pendientes muchas cuestiones institucionales: el diseño estratégico de un modelo de crecimiento con inclusión, una mejor calidad de la política y la justicia, la consolidación del proyecto educativo, la proyección regional y global de la Argentina, entre otras. Frente a esto, el tema de la reelección resulta pequeño. No menor, pero pequeño. En realidad hoy parece ser más fácil para el presidente Kirchner el desafío de la reelección que la creación de los espacios de disenso y pluralismo que él mismo propone.
Por Luis Alberto Quevedo El autor es investigador de FLACSO y profesor de la Universidad de Buenos Aires, UBA
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