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Francisco José Bessone |
Por Francisco Bessone
Hay una creencia que pregona que "el país se salva si se deja de robar". En el sustrato de la frase está la idea de que distintas formas de robo son la regla de la vida económica argentina. El robo al "Banco Rio" puede insertarse como disparador para adentrarnos en nuestras creencias y explorar el porque de tantos argentinos -a consecuencia de este audaz golpe - manifestaron una admiración secreta por el hecho y protagonistas, y el desencanto que provoca su fracaso. No faltaron, ni faltaran aquellos que piensan que se trata simplemente de ladrones, pero este artículo no pretende calificar o descalificar las supuestas admiraciones, sólo pensar un hecho y analizar miradas. Fendrich fue un cajero infiel que usufructuó de ovaciones, quizás porque ya no se trata de historias moralmente transparentes de héroes y villanos.
Piense por momentos que haría si alguien le pidiere que piense un delincuente. ¿Como lo imaginaría? Las metáforas criminales y tipos criminales están instaladas entre nosotros y es inevitable que la literatura, el cine, no hallan sedimentado algo en nosotros y contribuyan a su construcción. El delito conlleva una fascinación popular por la trasgresión y una inclinación a mirar. También que la justicia cure la herida social que cada crimen simboliza. El discurso periodístico nos impregna cotidianamente de hechos delictivos, y el mirar se acrecienta, porque cada delito no hace más que poner en duda del sistema de seguridad que la vida social presupone. "Delito" y "delincuente" viven en nosotros como estereotipos.
Si el mundo del delito es complejo, los tipos y las metáforas son una herramienta tentadora para simplificarlo. Es imposible hoy imaginar ladrones "que usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas. Algunos llevan una linterna sorda en el bolsillo". Este es, el estereotipo del ladrón delincuente de un poema de Raúl González Tuñón. Pero los tiempos han cambiado, y el corte cultural y quiebre de esta tradición, se da -según rezan los expertos- en los años 90, y es la aparición nuevos delitos, de los llamados "pibes chorros", que se diferencian mucho del ladrón "profesional".
Sobre este quiebre se construyen nuevas percepciones. Así es posible pensar al delincuente como un joven varón, pobre, de pelo duro, con tatuajes y campera de cuero con escaso (a veces nulo) paso por el sistema educativo, sin trabajo y con causas judiciales relacionadas a delitos contra la propiedad, y porque no las drogas. Si se me permite una ayuda para completar un solo de los innumerables cuadros - el que asalta a una anciana que recién cobró su jubilación - en un acto teñido de violencia, violencia dramática, elemental y callejera. Roban -según un variado imaginario- por sobrevivir, porque les gusta robar, hasta por razones antropológicas en las que los sujetos no tienen casi ningún control . Quien recorra las cárceles y prisiones se encontrará con un estereotipo delictivo provenientes de la pobreza y la indigencia y suponer ahí, la presencia de lo más oscuro de lo humano.
Otro Robo del Siglo y otros delincuentes Un grupo de hombres fieles a una planificación detallista, ejecutan de forma metódica un atraco. Lo realizan de modo refinado e incruento. Los recursos empleados, las tecnologías y la complejidad de la organización nos hablan de destreza e inteligencia que permite una primera asociación diferencial de lo que llamamos “el delincuente común” y sus modos instintivos. Costos e inversión previa, suponen un preciso cálculo costo-beneficio, un modo cuasi-empresarial del delito -, y semeja más una elección de vida, un reto, más que un acto de estricta sobreviviencia. Por los modos narrados en las diferentes crónicas periodísticas, necesitamos actores con alguna capacitación, actores que han razonado un sofisticado proyecto delictivo, y hasta podemos suponer que proceden de clases sociales acomodadas, con un alto grado de socialización, y hasta alimentar la leyenda de ser actos de genios que deciden ser las ovejas negras de ciertas respetables familias.
La víctima, - lejos está de aquel matrimonio de ancianos brutalmente maltratado para sacarle sus ahorros, - es el poderoso, y en este caso un banco, y se reafirmara el valor central del “buen ladrón” que subraya el nostálgico código del crimen que dice: "robarles a los ricos conlleva la idea de no hacer daño", dado que al rico sólo le basta con ir al Banco, sacar más dinero y reponer los dólares, joyas y bienes que le han sido robadas. De esta forma, pueden convencer de que no hacen daño y la leyenda: "En barrios ricachones, ni armas ni rencores. Es sólo plata y no amores", - cartel que dejaron pegado en una pared de una de las bóvedas del Banco-, no sólo supone humor, también alimenta la fantasía de lo inocuo del daño, porque el "robar a los ricos" acota el costo social y el número de víctimas habla de una moralidad y una ética diferenciada. La idea del daño acotado - en el sentido estricto de (solamente robamos ricos, no a los pobres), - remite a la comparación con los delitos económicos cuyo costo social es enorme, ya que un único delito cometido por un solo ejecutivo, desde un ministerio, una empresa financiera, un banco o una corporación transnacional pública o privada, causa mas daño, medido por el costo social, económico, que aquellos cometidos por los que están recluidos en todas las prisiones del país. "No sería ocioso, para este caso particular, si a esta altura no lo alcanza algún convencimiento, repasar la dudosa idea que por aquí se tiene de los bancos, que en nuestro inmediato pasado son depositarios, no solo de nuestros ahorros sino también de imagen de haberse quedado con ellos.
Por lo incruento, -ausencia de violencia física-, los personajes se alejan de la violencia elemental y grotesca de aquellos que roban para comprar zapatillas de marca. Se alejan de ancianos ensangrantados y suscriben otra línea del código del buen ladrón: "no hacer daño innecesario", por lo que en principio jamás habrá víctimas en un robo, salvo que se encuentren en eminente peligro de perder la libertad o la vida.
Podríamos sin dudas, seguir enumerando diferenciaciones delincuenciales, pero suponemos que algo debe unir - de manera hipotética - los datos que sostienen aquella inconfesada simpatía. Algo -como sustrato- para justificar y exculpar, el posible monólogo interior de cada hombre o mujer que miró este hecho con cierta tolerancia hasta el punto de que desean que no los alcance la ley. El archivo de las opiniones colectivas viene nuevamente a nuestro auxilio. Este modo de saber vulgar que pregona que "el país se salva si se deja de robar" expresa -como ya dijimos- la idea de que distintas formas de robo son la regla de la vida económica argentina. Permite deducir que estos, no son los únicos ladrones; que todos roban, solo que lo hacen con otros métodos, roban con lápiz y papel, en estafas, evasiones de impuestos, y con corrupción en el gobierno. Esta creencia que "todos roban", de “de una u otra manera ” permite establecer un difusa línea entre condena y absolución, y la generalización esconde la culpabilidad, porque sólo hay culpables cuando también hay inocentes. No es que estamos a favor de los ladrones; solo que este "sentimiento social", que actúa de acuerdo con criterios generales de moral, admite que estos: "son asaltantes y que este es un delito", pero alimenta la sensación colectiva de impunidad que atenúa la desaprobación y condena. Generalización (de que lo ricos roban) que da continuidad del divorcio entre la ley y la justicia y que para muchos puede ser idea autoconsoladora de las injusticias que uno padece y donde los personajes encarnan asimismo los deseos frustrados u ocultos de la colectividad. Este hecho, indesmentible, se evidencia en los delitos de cuello blanco, que por regla general sus autores jamás son condenados. Para muestra valga este chiste.
Se cuenta que un periodista inquieto por la privatización de Aerolíneas Argentinas buscaba en una biblioteca antecedentes del "Per Saltum". El bibliotecario apenas escucho mencionar Aerolíneas lanzó una irrespetuosa carcajada y le contestó: 'Pero claro que puede consultar los antecedentes, pero, doctor, no encontrará nada en la estantería de Derecho, lo que Ud. busca está en la colección “Los grandes robos del siglo" en el estante de policiales.
Francisco Bessone
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El costo de la Corrupción en Argentina
Si no hubiese habido corrupción en la Argentina en los últimos 25 años, se podría eliminar gran parte de la indigencia. Aunque la hipótesis sea una fantasía en cualquier país del mundo, sirve para mensurar el daño social producido por la corrupción y por otros delitos económicos desde 1980 hasta la actualidad: al menos, 10.000 millones de dólares. La estimación surge del primer banco de datos contra la corrupción y la criminalidad económica de la Argentina, que presentó el Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica (Cipce), una coalición de cuatro organizaciones no gubernamentales (ONG). De la exposición también participó el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec).
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La literatura el cine y las metáforas del bandido romántico: Bailoretto Las metáforas criminales y tipos criminales están instaladas entre nosotros y es inevitable que la literatura, el cine, no hallan sedimentado algo en nosotros y contribuyan a su construcción. El delito conlleva una fascinación popular por la trasgresión y una inclinación a mirar, también, que la justicia cure la herida social que cada crimen simboliza. El discurso periodístico nos impregna cotidianamente de hechos delictivos y el mirar se acrecienta porque cada delito no hace más que poner en duda del sistema de seguridad que la vida social presupone. "Delito" y "delincuente" viven en nosotros como estereotipos. Gaucho Bairoletto o Bairoletto o Juancito Bairoletto, se le rinde culto en distintos pueblos de Argentina: en las Provincias de Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan.
Su vida, marcada por la persecución policial, transparentó la iniquidad del medio social e histórico que le tocó en suerte vivir. Los comienzos de su vida fuera de la ley estuvieron relacionados con un caso de abuso policial Juan Bautista Bairoletto nació el 11 de Noviembre de 1894, como tantos otros "gauchos" es una especie de adaptación del personaje Robín Hood, era "bueno para los pobres" y "malo para los ricos" su muerte violenta trajo aparejado el culto que se manifiesta especialmente los días 2 y 11 de Noviembre de cada año, en que sus "devotos" encienden velas en la tumba, costeada por colecta popular y le piden desde trabajo y salud hasta la solución de problemas sentimentales, tras una vida entre el heroísmo y la delincuencia, amado o combatido por distintos grupos sociales, según las circunstancias de la época.
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