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EL SIMPLE ARTE DE MATAR
Por Daniel Briguet
“Su cuerpo se estremeció dentro del vestido,
pero su rostro permaneció inmutable”.
Raymond Chandler (Asesino en la lluvia)
UNO
Un aire de modorra me envuelve al salir del boliche. Sé que si tomo más de dos Fernet con Coca me pongo así. Sobre todo porque Luis los prepara cargados y el Fernet
no es una bebida inocua. En la vereda saludo a Carla. Trato de llevar grabado el contorno de sus tetas. En una noche de desvelo me pueden hacer falta. Cuando Carla me sirve el café, siento que sus tetas pueden caer sobre mí. Son como la amenaza de una avalancha. Camino despacio por la vereda izquierda de Pueyrredón y a unos veinte metros, escucho un chistido. El chistido proviene de un Honda blanco, modelo reciente, estacionado en la fila de coches. Por la ventanilla derecha, alcanzo a ver el rostro de un tipo de barba recortada.
- Qué hacés, Daniel – dice una voz desconocida. – ¿Todo bien?
No es algo infrecuente. Sé que no soy Michael Jackson pero mis laburos periodísticos y algunas intervenciones en programas del cable, sumadas a mi participación en una película, me han granjeado una módica notoriedad. De allí que a veces me saluda gente que no conozco. Trato de ambientarme rápidamente a la situación. El tipo fuma y lo que está fumando no parece un Jockey suave. Cuando estoy cerca de la portezuela, me pasa el porro y le doy dos o tres secas. Me parece descortés no aceptar. El tipo es gordito, de pelo entrecano y casi rapado y debe tener entre 40 y 45 años. A su lado, en el otro asiento y al volante, alcanzo a ver las piernas de una mujer pero no mucho más. Una posibilidad es que vinieron al boliche y antes de entrar, decidieron escribir un prólogo. La otra es que se detuvieron a porrear del mismo modo que otras parejas se detienen en la zona a franelear o compartir otras intimidades.
El diálogo es fluido porque contesto rápido y sin pensar, mi propósito no es quedarme mucho. Pero el gordito insiste.
- ¿Adonde vas, Daniel?
- A dormir – contesto, expeditivo. – Tuve un día trajinado y estoy fusilado.
- La noche es joven, todavía.
- La noche sí, yo no – digo, como para poner las cosas en su lugar. - Aunque para ser justos digamos que la noche no tiene edad.
Al gordo le brillan los ojitos. Ha descubierto el talento detrás del transeúnte. Es una prueba de su condición de gordo sensible y avispado. Tal vez tenga recursos: el coche no es una bagatela, aunque no pueda precisar a quien pertenece. Tal vez haya estudiado en el Lasalle o en Maristas y haya practicado rugby en su juventud, antes de que el tejido adiposo le rodeara la cintura como un salvavidas. Como sea, no es alguien que me importe demasiado. Lo que me empieza a importar es la conductora. Me apoyo sobre el borde de la ventanilla, agacho un poco la cabeza y lo que veo no deja de ser interesante. El pelo oscuro es largo y lacio, las manos apoyadas sobre el volante parecen grandes y lleva un vestido mini de marca que solo le cubre la mitad de los muslos bronceados. Debe ser alta.
- Okey, para celebrar el encuentro los invito a tomar un café a casa. Corto, como para que no me quite el sueño.
El gordo abre la portezuela, se baja y subo al coche. En el interior se huele un perfume parecido al patchuli pero no igual. Además del franco olor a yerba.
- Ella es Mariana y yo soy Ezequiel – dice el gordo, a modo de presentación.
- Hola, dice la conductora con voz apagada. Parece retraída aunque no podría asegurarlo. Tomamos Brown y damos vuelta a la manzana hasta llegar al frente de casa. Cuando Mariana pone los pies en el suelo – es la última en bajarse, - advierto que mis expectativas quedaron atrás. Es muy alta y tiene piernas bellamente torneadas que rematan en unos pies grandes, de dedos largos y parejos, calzados en sandalias de tiras. Al gordo le debe llevar una cabeza.
DOS
- Tenés una pocilga, Danielito – dice sin reparos Ezequiel ni bien entramos a la cocina. Admito que mi casa no es un dechado de orden y limpieza pero el boludo podría hacerse ahorrado el cumplido.
- Y, se hace lo que se puede – digo, haciéndome el boludo también. Solo que a mi me cuesta un poco.
- Bueno, Ezequiel, tené en cuenta que es la casa de un hombre solo. - dice Mariana, mirándome por primera vez a los ojos. -¿No vivís solo, Daniel?
- Vivo solo desde hace mucho tiempo. En realidad creo que siempre viví solo – contesto, sin darle importancia.
- ¿Acá escribís? – dice el gordo dirigiéndose a la Lexicon que está en un extremo de la mesa.
- No, acá preparo la mayonesa. Esa es la máquina de romper los huevos. – Uno a uno, gordito. Ubiquémonos un poco.
Al contrario de lo que pensé, el gordo estalla en una carcajada. Mariana sigue expectante. Se diría que está midiendo algo.
- Bueno, aparte de café, tengo ginebra. No sé que prefieren.
- Ni lo pienses. Ginebra para tres, Danielito.
Busco la botella debajo del mesón y saco una cubeta del congelador. Sin decir nada, Mariana pone la cubeta de plástico debajo de un chorro de agua y saca los cubitos de a uno. ¿Me parece a mi o esta mina está dando señales de auspicio?
- Tenés una biblioteca bastante surtida – dice el gordo, dirigiéndose a la pared del fondo. – Un poco despelotada tal vez pero ya veo que la prolijidad no es tu fuerte
- Tengo libros por todos lados – asiento, mientras bebo un trago de ginebra-. Necesitaría un mueble más grande pero nunca me ocupo. Mariana está detrás, fuma y mira el patio a través de la ventana. ¿Qué gráciles pensamientos cruzarán su hermética cabecita?
- Y por lo que veo te gusta el policial negro…
- Me gusta. Son la únicas novelas que logro terminar. No soy buen lector.
- ¡Quién diría! El célebre escriba no es un buen lector.
- Las apariencias engañan – digo, condescendiente, y me doy vuelta para mirar a la flaca que me está mirando. – ¿No te parece, Mariana?
- A veces – dice ella, sin dejar de fijar sus ojos oscuros en los míos.
- ¡El simple arte de matar! Negro, ¿sabés que tenés un incunable? ¿Cómo lo conseguiste?
- La verdad, no recuerdo bien. – digo, restándole importancia. - Creo que lo compré en una librería de viejo, en una mesa de ofertas.
- Yo trabajo en esto – me dice el gordo, con tono de experto.
- ¿Tenés una librería de viejo?
- No, boludo. Libros antiguos. Ediciones originales… De autores consagrados, por supuesto. A lo mejor dentro de veinte años te vendo a vos, Danielito.
- Depende de la facilidad que tengas para vender – replico, como para seguir su estúpida joda.
- No te preocupes – dice, hojeando las páginas del libro – soy un maestro en esto… ¡”Asesino en la lluvia”!. Y, claro, en una selección de Chandler no podía faltar.
Lo que me molesta del gordo, además de su carácter canchero y expansivo, es que habla de cosas preciadas para mí como si le pertenecieran. En eso veo que Mariana abre la puerta y sale al patio. Tal vez busque un lugar tranqui para fumar. Vuelvo a mirar al gordo, que ya se repantigó en un sillón de mimbre y hojea con fruición. Hasta que, sin levantar la vista, lanza una pregunta alocada.
- ¿Cuánto querés por el libro?
- ¿Cómo?
- Lo que escuchaste flaco. Yo tengo un estudio contable pero mi pasión son los libros viejos. Es más: tengo un pequeño lote que no le vendería ni al rey Salomón. Esos son para mí.
No se por qué pienso en la flaca, que presuntamente aspira un porro en un sillón del patio.
- Gordo: una sugerencia. Cambiá la ecuación. Poné una librería de libros antiguos y los fines de semana, dedicáte a la contabilidad.
Vuelve a reírse con una carcajada inesperada.
- Eso es lo que te salva, Danielito, tu filo. Tenés un filo capaz de cortarle las bolas a un elefante… Bueno, ¿Cuánto querés?
- No vendo un libro a menos que esté en la lona. Y menos, si se trata de un libro preciado para mi.
- “Nada más preciado para mi” – canta el boludo, desafinando… Todo libro tiene su precio. ¿Cincuenta, setenta? ¿Querés una luca? Te doy una luca.
- La frase es: “Toda mujer tiene un precio”.
Titánico duelo de miradas que nadie advierte, salvo nosotros mismos.
- Tu chica, o lo que sea, me cae bien. Ella se queda un rato y vos te llevás el incunable de Chandler.
Estupor contenido en sus ojos saltones, labios al borde del temblor.
- Escuchame, Danielito ¿Vos te crees que soy un turro? Porque si no, debo pensar que viste demasiadas películas.
- No supongo que seas un turro. Vos me propusiste una transacción y yo te propongo otra.
El gordo retoma el vaso de ginebra, hace sonar los cubitos y toma un largo trago.
- Te equivocaste de gente, Danielito. Te está faltando roce. La joda es joda y esto no suena a joda.
- No suena porque no lo es. Yo jodo cuando tengo un tipo gracioso enfrente… Pero, bueno, si no hay transa, no hay más que hablar. Levantamos carpa y cada carancho a su rancho. Tengo sueño.
Por primera ves el gordo me mira con algo de bronca. Se cayeron las fachadas, Ezequielito. ¿O qué pensabas, que íbamos a improvisar un panel sobre la novela negra?. Veo que se levanta de un envión, sale al patio, y poco después escucho un portazo. Gente poco educada, eso es todo.
TRES
Saboreando los restos de Ginebra que flotan en mi vaso –lo de saboreando es una manera de decir – miro un película del cable sin poder meterme en la trama. Repaso la figura del gordo boludo y me digo que es solo eso. Repaso la figura de Mariana y no me digo nada. Para ellas es fácil: un buen lomo, la boca cerrada y ya tienen el misterio instalado. Cuando no puedo seguir con la peli, miro las paletas del turbo que giran sin prisa ni pausa. Estos putos caravaneros han logrado desvelarme. Saco un último cigarrillo que no será el último y cuando estoy por encenderlo, escucho golpes en la puerta. No quiero creer que Ezequielito vino a pedirme disculpas porque me corto la yugular ipso facto.
- Hola – dice el rostro imperturbable de Mariana tras la ventanilla de la puerta. –Quería saber que significa para vos que me quede un rato.
No se me ocurre nada ingenioso. Se comprende.
- Bueno, si te interesa podés conocer mi sala de armas.
- ¿Tenés una sala de armas?
- Algo así. No es espectacular pero por ahí te gusta.
Aquí me doy cuenta que Mariana sigue detrás de la puerta. Busco las llaves y la hago entrar. También advierto que lleva una especie de impermeable color claro sobre el vestido mini. Curioso: no llueve, ni cambió el clima ni siquiera empezó a soplar un vientito. ¿Esta chica habrá visto demasiadas películas?
- Bueno – digo, una vez adentro y después que se quite el pilotín de marca. –Ahora me toca preguntar a mí. ¿De quien es el auto?
- ¿El auto? ¿Te interesa saber eso?
- Sí y no. Me interesa porque me gustaría definir un punto.
- ¿Y cuál es el punto?
- Si sos solo una perra o también sos un gato de raza.
Podría insultarme peor, darme una cachetada o simplemente irse dando un portazo, como la dama elegante que aparenta ser. Pero no. Apenas una sombra oscurece su mirada. Soporta la chicana casi sin inmutarse.
- Muy amable – dice, después de un breve silencio. – No te gastes en halagos.
Por fin tengo una contendiente a mi nivel. El gordo era un partiquino, un banana de entrecasa. Esta mina es otra cosa. Tengo ganas de darle un chupón pero me contengo. Tengo ganas de agarrar sus largas clinas. Pero el hecho es que debo moverme con cautela. Por lo menos, hasta saber de qué se trata.
- Bueno, ¿y tu sala de armas?
- Ya va…. Desvísteme despacio que estoy apurada.
- ¿Estás seguro que esa es la frase? - pregunta, inmutable.
Los botones de su vestido están ahí. Sólo debo ser preciso al desabrocharlos. Como imaginé, no lleva sostén.
- Vení – le digo, tomándola de la mano.
En la penumbra de la pieza, el paisaje es distinto pero su actitud es la misma.
- Debo confesarte algo – le digo, serio. – Tengo una sola arma y no está en exposición.
- Lo suponía… Pero podemos verla - dice y me acaricia la entrepierna con suavidad. Primer gesto activo. No es para tirar bengalas. Debo terminar con sus botones, quitarle las sandalias y hasta hacer que se recueste. Su cuerpo sobre la cama parece interminable.
- Tenés unos lindos pies. – digo, tomándole los dedos largos y parejos.
Ella podría decir “a mi me parecen un poco grandes”. Pero solo dice “¿Te gustan?”
- ¿Cuánto calzás?
- Cuarenta y uno…? Podés masajearme un poco las plantas? Las tengo tensas.
- Es lógico, nena. Pasaste una noche trajinada… Al menos hasta ahora.
Entonces sonríe. Debe ser su primer sonrisa franca. Sonríe como una perra fina que empieza a distenderse, después de seducir a un galgo. O quizás antes.
- Vení, cachorro, hacéme unos mimos.
La perra fina esta en celo, muchachos, esto no es joda. Pero en vez de acudir a su llamado, sigo acariciando sus dedos largos y besuqueo su empeine y me pierdo luego en la longitud de sus piernas. Mariana debe tener la misma altura que yo, si es que no me pasa. Al pasar la cima de sus rodillas, veo una mina caliente.
- Dámela, dámela toda…
Sé que debo mantener cierta cautela pero no puedo. Alcanzo su boca y nos besamos como si fuésemos dos pendex alzados. Sus labios son dulces y sus pechos, también. Cuando la penetro siento que ella me esta chupando, la guacha me aspira como una ventosa. Escucho sus gemidos como golpes de timbales. “Dámela toda” vuelve a decirme y siento que el velo de misterio se está rasgando. Pero nada es seguro con esta chica. Tal vez solo sea una ilusión.
CUATRO
El perfume también brota de su pelo, desparramado sobre la almohada. Ha perdido la línea y eso me vuelve a calentar. Hasta que la veo alzarse sobre sus columnas dóricas, recoger las bragas negras con la elegancia de una vestal y caminar hacia el baño. Los mejores momentos son fugaces como un beso. A veces, un poco más.
Sale unos minutos después, con el pelo húmedo y las bragas puestas, y parece más inocente.
- ¿Querés que te llame un taxi? –le pregunto, mientras se abrocha el vestido, y ella sonríe por segunda vez.
Termina de atarse las sandalias y luego se inclina para darme un beso virginal. Ninguna otra efusión, ningún mensaje o señal.
- Ah, el libro está sobre la mesa del comedor – le digo antes de que abandone la pieza.
Ella alcanza a girar la cabeza y me pregunta con cara de sorpresa:
- ¿Qué libro?
Es lo último que escucho o veo. Ella es una puta dama, una perra del mejor pedigree. Sale al pasillo sin hacer ruido. “Asesino en la lluvia”. Un detective parecido a Marlowe, un negocio clandestino de libros pornográficos, un asesinato, una chica desnuda y bella como un pájaro, el olor del éter. Fue el embrión literario de “Un sueño eterno” o de “Adiós, muñeca”. Ahora no puedo recordarlo. Casi todos los cuentos de Chandler fueron embriones de historias más largas.
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