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Alberto Gary Vila Ortiz

Nació en Rosario en 1935.
Fue corrector en el diario “La Capital” y se retiró a fines de 1994, siendo Jefe de Redacción. Fue Director General de Cultura y Director de la Editorial Municipal de Rosario. Amante del Jazz y del buen arte. Estudio Medicina, Derecho, pero abandonó sus estudios para ingresar en el periodismo. También estudió composición músical, estudios que tampoco concluyó pero siguió vinculado a la música con varios programas radiales sobre distintos estilos musicales. También colaboró en Rosario 12 y actualmente conduce el programa "La Buhardilla" en FM Clásica de Rosario. Durante muchos años sufrió varias amenazas por su actividad periodística y política Tiene varios libros publicados entre los que se destacan "Borges en Pichincha" y "Estructuras Imposibles", con ilustraciones de Fontanarrosa; también dedicó buena parte de su vida a la poesía. En 1998 fue candidato a Gobernador para la Provincia de Santa Fé representando a un sector del radicalismo. Tiene cinco hijos y trece nietos.

Otras Obras

“Poemas” (1961/2) - “17 poemas” (1965) - “Poemas de la flor” (1967) - “Poemas y Maderas” (30 cuadernos con xilografías de Rubén de la Colina. (1975)
“Dos homenajes: Philip y Raymond (en colaboración con Rafael Oscar Ielpi) (1993)
“Rosario: 1880/1930. Imágenes de la memoria” (en colaboración con Rafael Oscar Ielpi) (1995)
- “Estructuras imposibles” (1997).

 

"Días de amor y de radio"

...un homenaje al amigo Hugo Héctor Posadas

por Gary Vila Ortíz

 

No es la primera vez que un hombre de radio, y en este caso un amigo, enamora a una mujer que lo escucha por su forma de hablar y lo que dice.

En un bar cercano, donde el fantasma de Teddy Wilson improvisa sobre "no puedo darte más que amor, nena", mi amigo me dice: "Estoy enamorado".

Silencio.

"Ella se enamoró escuchándome, sin verme...".

Silencio, otros tragos de whisky.

"Y ahora nos vimos y es como si nos amáramos desde siempre. "¿Qué hago?", pregunta.

"Creo que vivir el amor que toca en este tiempo y en esta ciudad y sentir que es parte de la felicidad".

Le contesto así. Luego el silencio otra vez. Y otra vez el whisky.

"¿Te parece?" me pregunta.

"Ya lo estás viviendo", le digo, y después de un rato en que le miro la cara redonda como un globo donde han anotado "Soy feliz, ella me ama", le agrego: "Si querés lo consulto con Borges, pero me parece que ya no hay nada que hacer".

Por la noche, tarde, aunque todavía no es medianoche, convoco a Borges. "Sabe que soy respetuoso, me dice, pero usted me anda nombrando demasiado y no me deja en paz. Además estábamos jugando un truco de seis, esa magia de los naipes. Martínez Estrada, Cortázar y yo contra Marechal, Nicolás Olivari y César Tiempo. ¿Se imagina? agrega con la misma voz que dice "Límites"."Además nos miraban los hermanos Davobe y Macedonio. ¿Y a usted, en qué puedo serlo útil...?".

Mire, le digo, es por el amor, en este caso de un amigo. No me deja seguir. Se para, no me deja seguir y me contesta: "Usted me ha leído. Usted sabe que dije: es el amor, huyamos. Pero un hombre no debe huir. Nunca huye. Y como creo que dijo un cantante belga que a usted le gusta mucho, no se huye aunque se sepa bien que es nuestra próxima derrota..."

El fantasma de Borges desaparece entre las páginas del libro que leo. Cuando vuelvo a ver a mi amigo, la felicidad en su cara ha aumentado, y entonces, simplemente abrevio la respuesta y le digo que ya no hay remedio, y lo invito a escuchar la canción de Jacques Brel para que se enamore más y se pierda en laberintos de besos clandestinos de tristes despedidas, de culpas compartidas, de amaneceres difíciles de definir, pero que se encuentran en muchos poemas.

No es la primera vez que en la radio se producen esos amores y de esos bravos, que terminan no sé si como deben terminar, pero de formas muy parecidas. Pero una cosa no hay, me dice desde el libro Borges, es el olvido. Y entonces la felicidad aparece despacito, como un solo de Miles Davis que comienza a insinuarse antes de trasladarnos a otros mundos o como Piazzolla, con los dedos todavía no tocando el bandoneón pero uno ya está escuchando su música.

Soy de esos que la felicidad de los que quiero me hace feliz. En realidad la felicidad consiste, en gran parte, en ver feliz a los otros. Uno a veces tarda en descubrirlo, pero cuando se descubre es como algo que ya he dicho unas cuantas veces, un satori, una iluminación, una epifanía. La razón no tiene nada que hacer en el asunto. Por suerte. Ni Internet ni las computadoras.

Yo conozco a mi amigo, pero no a ella. Pero la vislumbro en sus palabras y observo como muy diferentes.

Entonces, mientras escribo, se me aparece la cara de un amigo del que no puede despedirme. De un amigo que se murió de repente, de esa forma que dicen que es buena para que él muera pero que nos deja con una soledad que tarda en irse o no se va nunca.

Con qué ternura, eso que le sobraba por todos lados, escucharía una historia así Hugo Héctor Posadas, que ninguno de quienes lo conocieron y fueron sus amigos pueden olvidarlo.

El era un hombre de radio, los días de radio para él eran los más felices. Pero todavía no lo hemos recordado como se debe, tal vez para pensar que todavía no se ha muerto y está viajando por Cuba, un país que tanto amaba.

Pero Hugo me diría que este es el juego, que esta es la apuesta que se debe hacer. Amar hasta las últimas consecuencias y saber, saberlo bien, que llega un día en que uno se despide de todo. Hasta de las cosas pequeñas.

Pienso, entonces, que le estoy contando esta historia de un amigo en la sombra de una galería de eucaliptos que él solía frecuentar, por calle Plata, la que ya no se llama así, pasando el Saladillo, y al llegar al camino que va hacia La Vanguardia.

Lindo lugar para la charla, el amor y el olor de los eucaliptus que nos rodea.

Y allí estoy y le cuento esto que escribo. Y el me dice: "Tu amigo tiene que ser feliz en ese amor que ha encontrado hasta que la lluvia nos despida a todos y en sus ojos claritos le aparece la emoción que siempre lo andaba persiguiendo, como la melodía de algún tango.

La historia de mi amigo me ha mezclado los tantos. Pero él y ella sabrán comprenderlo. Y en unos días, ya que hablé de tantos, le preguntaré quién ganó ese truco de seis o si todavía lo están jugando.

Nota: Dibujo de Barocelli para la Portada de la edición Borges en Pichincha.

 

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